domingo, 6 de febrero de 2022

De nuevo, de viejo

 Mientras se da la ausencia de acontecimientos, vivo, intuyendo procesos de cambio, creyendo que de un momento a otro se abrirá un portal, un túnel hacia un paraíso desconocido. Mas se siguen dilatando las horas, y llega un día y otro día, y no hay aparentes diferencias significativas. Me siento en la silla, miro por la ventana, ya sé que nada tiene sentido y que si lo tiene, yo no soy capaz de hallarlo. No sé tampoco lo que es en sí el sentido, de hecho, me suena hasta ridículo. Cuando creo que algo puede tener sentido lo creo, supongo, porque puedo entenderlo. Así que doy más o menos por hecho que es probable que la vida esté llena de significado, pero que, mal que me pese, no sé entenderlo, por lo tanto, no me sirve de mucho adoptar una u otra resolución. Estoy aprendiendo a observar desde algún punto lejano al tiempo, convivo en el tiempo pero aplico la observación desde un espacio que se escapa a la lógica del mismo. No me encuentro detrás de una práctica diaria, persiguiendo un objetivo a través de alguna técnica extraña, es la casualidad la que de pronto me ha adjudicado esta posibilidad. Y desde este enclave atemporal percibo, sin ningún tipo de duda, que los dilemas crónicos de la individualidad humana carecen de peso; los tuyos, los míos, los de aquel. Me siento en la silla, miro por la ventana, ha venido al fin la noche, mañana lo más probable es que llegue la luz, y cada cual seguirá haciendo lo que cree que ha de hacer, hasta que caiga la noche, de nuevo, de viejo.

miércoles, 26 de enero de 2022

La llave

 A ustedes no les aflige el dolor ajeno, si acaso en su profundo ser pero dudo que se den cuenta. No se quejan de los gigantes porque procuren un mundo menos hostil, ustedes necesitan simplemente quejarse de algo, porque su propia insignificancia sí les aflige, y rehusan de exponerse a mirarla directamente a los ojos. No pretenden la paz para nadie, si acaso la suya propia aunque deambulen buscando por el sendero erróneo. Agitan una mezcla de autoridad moral con ciertos trozos de responsabilidad, desmembrada a conveniencia, y con esa pócima hedionda rocían su erguido caminar de un aire en apariencia elevado ¿Se han detenido a abordar el constreñimiento que acompaña a su estómago? ¿Recuerdan cuándo fue la última vez que observaron la vida? No, ustedes no quieren limitarse a la norma, no quieren conocer el modo correcto de hacer, en el fondo no les interesa. Están deseando abrirse al cariño, pero no encuentran la llave, ha debido caerse por entre las rendijas de los cojines del sofá, y ahora sienten una vergüenza tremenda, aunque absurda, de dedicarse a hurgar entre los huecos ¿Acaso están en casa ajena? ¿Acaso importa?

sábado, 1 de enero de 2022

Tradición

 Descubro, en este monólogo que emerge en mi cerebro, ciertas contradicciones, y en el afán de resolver el conflicto, hallo diminutos brotes de luz que salpican el campo de mi pensamiento. Para abrazar la libertad, si de verdad se quiere, si no se trata meramente de un juego pasajero, de la exposición de una imagen temeraria de uno mismo por el placer de cambiar de máscara; para abrazar, digo, la libertad, razono que es una obviedad que uno no puede poseer imagen alguna de sí mismo. Si estamos de acuerdo en eso, lo estamos también en que la tradición, la familia (no por los lazos biológicos, sino por los psicológicos), las costumbres, la cultura, las raíces, todo lo que a uno le han dicho que le constituye y uno ha decidido insertar en su bagaje imaginario; todo eso, es un factor que estructura el condicionamiento y, por lo tanto es la causa, o una de las causas, de la ausencia de libertad. No me refiero a la existencia en sí de estas fantasías colectivas, de estos consensos sociales en torno a ciertas ilusiones, pues su existencia puede simplemente fluir como un juego, como cualquier otro asunto ficticio que utilizamos para entretenernos pero que permanece en la virtualidad y no edifica la base de lo que creemos ser; me refiero, concretamente, al aferramiento hacia estas estructuras que no forman parte del entorno fáctico, al hecho de creer con firmeza que dichas estructuras son tan sólidas como el suelo que pisamos, y al hecho de eludir cualquier cuestionamiento ante dicha creencia.
Se nace, en este insólito universo, en esta realidad inabarcable, con un cuerpo masculino o femenino, pero no como hombre ni como mujer, pues tales etiquetas son ideas, forman parte de la gran ficción colectiva sostenida y perpetuada por la tradición y la cultura. No se es hombre ni mujer, no se tiene nacionalidad alguna, no hay un lazo invisible e inquebrantable hacia la patria ni hacia los progenitores, ni siquiera hacia el idioma. De la asimilación completa de esta cuestión, nace la libertad, y desde la libertad, uno puede relacionarse honestamente con el mundo, con cualquier otro ser humano, venga de donde venga, sea quien quiera creer que es. Ya que uno se considera a sí mismo exactamente igual que el otro, ausente por completo de cualquier diferencia fundamental o psicológica.

martes, 14 de diciembre de 2021

Con el tiempo

 Con el tiempo se observa pasar lo que pasa, igual que se observó siempre, pero ausente de ansiedades. Con el tiempo se ve que la queja es la misma, que el desorden prosigue, que el caos permanece, se reproduce y se multiplica, y sólo cambia el matiz que uno quiera entender. Al cabo de los años ya no se quiere cargar con tanto peso, ya no se atiende a la absurda convicción de las imágenes que traen las ideas. Con el paso del tiempo se aprende que reina el vacío, que el río está en calma, que todo se va. Con el tiempo se mira de frente al reloj, y se ve, sin dudar, que no hay tiempo.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Ama

 Ama, como un acto inevitable, como un movimiento intrínseco al efecto de estar vivo. Ama, sin dirigir el foco del amor a ningún punto concreto, ama… pero no me ames a mí, que no existo, que no hay un tú ni un yo, ya que de haberlo, no habría amor que valga. Y si me amas, que sea porque nado como todo en el conjunto de las cosas que son uno, que sea porque sabes que también soy infinito, como tú. Ama, pero no te enamores, sino que vive enamorado, porque no se ama de pronto, porque igual que no hay finales no hay principios. Más que amar, recuerda simplemente que siempre has amado, que amas desde antes de haber nacido y de igual manera tras la muerte, que eres una representación pasajera de la eternidad del amor, y estás aquí en la tierra por un lapso, confundido a veces por la trampa de las formas, nada más. 

Sólo desde la ausencia del pensamiento se aprecia la esencia de lo factual, no existe nitidez bajo el análisis, atiende pues al eco que golpea las paredes y que siempre adviene nuevo, atiende al espacio que vibra constante, sin tiempo, sin límite, sin meta, sin esfuerzo, sin ser siendo, incluyendo el no ser en el ser, coexistiendo con el vacío, llenándolo todo sin dejar de no ser nada siempre, vaciando a su vez la nada y dejándose ser todo, pero nunca.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Horas, minutos, segundos.

 Cierto día nos sentamos delante de los años pasados, para ver si por casualidad tienen algún tipo de sentido. Cuando asumimos que no, puede que nos cercioremos de que tampoco guardan significado los venideros, y entonces miramos con algo de picardía los crónicos propósitos que nacen cada año, y nos reímos quizá de la poca importancia que tiene ya para nosotros su naturaleza, así como su consecución o su olvido. No es que hayamos aprendido a vivir con la certeza de que estamos completos, de que no necesitamos nada más que lo que nos acompaña de fábrica. En realidad no sabemos si eso es del todo verdad, y por mucho que queramos creerlo, en la práctica estamos siempre haciendo las mismas estupideces que los que piensan que se están construyendo a sí mismos. La cuestión es, independientemente de si estamos o no estamos completos, que sabemos que todo lo que hacemos no sirve para nada, y eso… asimilado sin drama, después de abandonar el triste análisis acerca del tedio y abrazando con gusto el reconocimiento del hecho en sí (no de la teoría, sino del hecho), invita a quedarse mirando la pelusa que baila en el suelo, que recoge pelos extraviados en un océano de calcetines. Invita a quedarse así... sin más, mirando, hora tras hora, mientras los remordimientos por los minutos que se escapan del reloj, ven reducido su castillo de tiempo a simple ceniza en cuestión de segundos.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Nubes

 En el no saber me quedo, que en el no mirar, no puedo, porque veo sin remedio y sin mesura el entorno cambiante que ornamenta mis entrañas, pero me es ajeno su mensaje, su significado llega en un lenguaje ininteligible, y abandono el esfuerzo de sonsacar cualquier resolución. Por eso últimamente observo, sólo observo, y dejo que suceda la consecuencia de lo que es. A veces me enorgullezco de haber intuido vagamente la posibilidad de que se diera un resultado que en el fondo era evidente, y otras veces me sorprendo con el giro inesperado que me regala el destino. No obstante, las nubes pasan, y no siempre traen lluvia, y aunque pueda ser predecible, yo sólo miro, pero ni sé ni quiero saber si llegará la tormenta. Cuando el agua caiga, se mojará mi rostro.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Comparativa

 Imagino una playa cualquiera en un día tenue, tú apoyas tu espalda sobre mi pecho, estamos vestidos porque el viento a veces llega con ligera agresividad. Son las seis y media de la tarde en España, y el sol ya está próximo a esconderse tras el horizonte. Hemos podido vivir mil veces aparentemente la misma escena, aunque con otras personas. Nos damos cuenta, no obstante, de que este momento no ha sucedido jamás, y entonces mengua hasta la extinción cualquier tipo de comparativa, y entonces, deja de hacerse un hueco la competición en nuestras obcecadas conductas. Da igual con quién se vivió la falsa similitud de este instante, da igual también cómo se vivió, porque de pronto, nos percatamos de que ningún recuerdo puede ser más fuerte que el presente. Pero no sucede así, porque no hay playa ni viento ni sol, y sólo estoy imaginando, desde mi cama fría, que algún día seremos capaces de alejarnos de la comparación. Mientras tanto, soy un objeto inerte mecido sobre una pétrea vara de medir erigida por los túrbidos recuerdos de la mente.

lunes, 15 de noviembre de 2021

El palo

 Sólo hay un palo que cae al agua, que vuela efímero y acaricia la superficie del lago antes de romper contra la calma, pero insisto en comprender lo que es el palo, lo que es el brazo que lo arroja, lo que es el aire y el agua, y el perro que se tira sin ambages. No me basta con el palo como al perro, no me basta. Y sin embargo… sólo hay un palo que cae al agua ¿Cómo ha de ser el palo todo lo que el palo significa? ¿Cómo ha de ser el agua simplemente el agua? Y sin embargo… el perro sabe que sólo existe un segundo, dos o tres como mucho, que siempre se repiten, que se expanden y se achican, y que nunca son iguales aunque sean los mismos. Yo, no obstante, colecciono conclusiones, y observo los palos de la ladera, los comparo y elijo bajo un extraño criterio: longitud, suavidad, ramaje, anchura… Y recuerdo el día de ayer, cuando igualmente a la vera del lago elegí una conclusión para arrojarla sobre la ciénaga de mi conformidad, y quedó ahí flotando porque ningún perro saltó para llevársela, porque a los perros no les interesan las conclusiones, sólo los palos. Así que se hundió, porque una conclusión pesa mucho más que un palo, y cuando quise aplicarla, obviamente, ya no era posible. Entonces comprendí la razón por la que a los perros les fascinan los palos, la causa de esa extraña obsesión, el motivo de tanta predilección por un trozo de rama seca, y es… porque sólo hay un palo que cae al agua, porque todo es el palo que cae al agua, porque las conclusiones no existen y, para colmo, sin existir siquiera, pesan mucho más que un palo. Y si aún os cupiera alguna duda… os invito obstinado a que arrojéis esta misma conclusión al agua y observéis lentamente su naufragio.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Oquedad

 Advierto un instante en mi camino, un punto en la imaginaria línea temporal de mis pasos, en el que no importa ya tanto la oquedad, y en el que incluso se sorprende uno buscando el vacío, reconociendo tal espacio como el único paraje donde puede hallarse el descanso. Algo palpita en el eje confuso de la soledad, una ausencia total de miedo, una carencia absoluta de cualquier tipo de necesidad psicológica. El anhelo se diluye en las aguas cenagosas de la consciencia, colmadas de imágenes, poco importa la guapeza o la fealdad, el ingenio o la torpeza, la razón o incluso la locura, pues nada se espera del mundo circundante, no se precisa ningún tipo de palmada en la espalda, no es un requisito indispensable la compañía ni el reconocimiento. Así que allí, en el oscuro pasillo ininteligible de las concavidades humanas, encuentro un desierto sin arena al que a veces me atrevo a llamar hogar. Pero cuando pierdo la noción de mí mismo, y permanezco en ese insólito espacio demasiado tiempo, comienzo a percibir una corriente que agita con fuerza mi cuerpo, una presión vibratoria que trata de empujarme a comprender que la vida es un regalo breve, y que no está de más abrazarla, que toda existencia, que todo ser, cumple su papel, concatenado además con el devenir de todos y cada uno de los demás seres. Entonces me levanto de mi fuliginosa nube, y empiezo a darme cuenta de que no existo, de que Sergio es un producto directo de la imaginación de Sergio, y que la imaginación de Sergio es a la vez un producto de un cerebro alojado en el cráneo de un ser de carne y hueso, que juega a imaginar y a creerse que tiene que ser algo más que un organismo sucediendo. Descubro pues que el hecho de suceder es más que el todo, es más que todo lo que creía que era el todo. Descubro que el suceder no es todo porque tal concepto no incluye la inexistencia, y el ocurrir, el acontecer, aglutina tanto al ser como a su antítesis. Por tanto, dejo de percibirme y miro mis manos, las observo por primera vez, las observo por última vez, y olvido de nuevo que no existo, y vuelvo a creer que sé quien soy, y que ya conozco mis manos.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Como cambia el clima

 Vago en ese punto donde se siente que ya se ha dicho todo lo que se venía a comunicar, y desde ese lugar me observo diciendo las mismas cosas de siempre pero con distintas palabras. Y no me canso de repetirme porque percibo que ni siquiera yo mismo he empezado a entenderme. Conozco bien la teoría de lo que siento, la conozco tan bien que cuando siento, sé lo que estoy sintiendo, pero no sé sentirlo sin saberlo. De hace tiempo vengo en busca de la honestidad, y sólo encuentro excusas para evitarla, de hace tiempo convivo con un yo que perdió veranos atrás sus fundamentos, un yo que levita cual fantasma y al que me aferro por el terrible miedo que infunda su posible partida. La sombra del pasado ha muerto en mi consciencia, no hay creencia que habite arraigada en mi psique, pero me sigo observando, como si existiera el tiempo.
No sé con certeza dónde estoy, es un punto extraño cerca de la autopista, siempre es de noche aunque sea de día. Sé que pocas almas quieren ofrecer su escucha a este vagabundo incoherente, lo comprendo. Mi discurso cambia a cada instante, como cambia el clima.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

El gato

 Me entretengo en el ahogado estertor de la noche, poso mi cara fría en el cuello opaco de la madrugada e imagino derroteros lisérgicos, donde la duda se disipa ante la pérdida de importancia de lo que aparenta ser falso o verdadero. Y un gato atraviesa la puerta de tus ojos y conquista la cama, donde la llama que vive enfrente de nuestros ombligos, arropada entre el abrazo de nuestros cuerpos cóncavos, danza vehemente para extender un nuevo universo sobre el vacío.
Estamos aquí para un rato, tímido gato, no se nos ofreció el don de las siete vidas, aunque intuyo que desconoces tus múltiples oportunidades y experimentas así cada viaje como si fuera el único. Podría ser que lo mismo ocurra en nuestro caso, y que un ser al cual no entendemos insistiera en informarnos de nuestras diversas posibilidades.
¡Qué brusco es el viento! ¡Con qué capricho cambia de una dirección a otra! Mi precaria balsa de náufrago se angosta y se expande como un estómago doliente, pierde sus sólidos maderos amarrados por las ramas inflexibles de mis idealizaciones, y en el horizonte queda aquella cada vez más alejada Ítaca, de la que sale una humareda negra porque quizás, sus calles de polvo y arena estén ardiendo, diluyéndose a través de las hediondas alcantarillas de mi imaginación.
Este mar no tiene agua, sólo cuerpos humanos desnudos, amontonados, individuos que nacieron con el don de conformar una unidad, pero cierran insensatos sus ojos y dedican su paso al constante griterío, a la reclamación de una identidad definitiva. Y mi balsa precaria está encallada, en este mar de cuerpos despojados. Ítaca no existe, Penélope me mira desde el fondo, sonríe y manifiesta sutilmente “Cuando quieras”, y el gato no se aleja de su sombra, y muere siete veces en un día, y siete veces nace cada día.

martes, 26 de octubre de 2021

Vagar

 ¿Qué miedo ha de llegar si perdiera mi casa cuando mi hogar es mi cuerpo? ¿Qué pavor he de tener a que los pocos bienes ahorrados que poseo desaparecieran? Nada de aquello que una vez creí necesitar, forma parte de lo que realmente necesito ¿Qué pánico sobreviene ante los avatares del tiempo a quien alberga la absoluta comprensión de que la experiencia de la vida en este globo es breve y pasajera?
No he de condenarme a la esclavitud, sólo la ley inquebrantable de la naturaleza puede manejar sus escenarios y, por tanto, modificar mi interpretación. Tomé la decisión de quitarme las máscaras, actúo desnudo ante el pueblo dejando al descubierto mi barba desaliñada.
La posibilidad de ser condenado por optar por expresarse como el corazón dicta, no enfrenta al individuo con la capacidad y el talento de vivir en paz, sino todo lo contrario. No es la paz para el ejecutivo frenético que anhela escalar en la ficción de las jerarquías. No es la paz, es evidente, para el constreñido competidor que persigue el puesto más alto en un podio ilusorio, obviando que en el último escalón está la muerte. Olvidando además que la muerte, es un regalo compartido, una tarta colosal que encaja en la cara de todos. No importa quien sea quien parta y reparta, hay sin duda un buen trozo también para el pastelero.
Por eso intuyo que he venido aquí a apostarlo todo, a vagar sin rumbo establecido, a caminar serenamente hasta que sienta el dolor en mis pies. Y entonces, quizás entonces, sentarme en alguna roca y observar las nubes que se disgregan en el horizonte, mientras el mar se acerca impasible con su violento oleaje para llevarme consigo.

lunes, 25 de octubre de 2021

Loco

 Ponerse bocabajo y doblegar la perspectiva cotidiana, dejarse arrastrar por la corriente indomable del torrente, sin oponer resistencia, aunque parezca que tal acto pudiera matarnos ¿Es eso acaso estar loco? Destruir la tierra labrada y empezar de cero un nuevo cometido, romper con los parámetros habituales y entender el mundo desde el abrazo infinito del ser, llorar ante la magnificencia de la luz crepuscular que juguetea con el polvo volátil. Beber de la fuente prohibida, comerse la codiciada manzana del génesis, gritar bajo la noche estrellada y hacer incursiones en los jardines de la atemporalidad vestido de colibrí como un nahual ¿Es, acaso todo eso, estar loco? Abandonar la casa, la familia, el templo, las viejas doctrinas, la patria, la bandera, los caminos señalizados, los pensamientos, las ideas, las costumbres, y adentrarse en el desierto inconmensurable del alma de uno mismo ¿Es estar loco?

domingo, 24 de octubre de 2021

No soy por lo que he sido

 Hoy, no me creo nada de lo que me creo. Sé que lo que hiciste no es lo que recuerdo. Hoy, todo lo que he sido sé que no soy yo. No, yo no soy el fruto de mis actos, soy, en todo caso, una interpretación de mí mismo basada en el significado que concluyo del recuerdo de lo que ahora imagino que fueron mis actos. Mas no ahora, porque hoy, ya no creo en el pasado.
Soy mientras “ocurro", nunca pude ser lo mismo en dos instantes, nadie ha sido nunca ahora lo que ha sido hace un momento. Procuramos ser una especie de producto lógico derivado de las experiencias que acumulamos en el presente-pasado, y para ello inventamos un resultado que intuimos congruente en el presente-presente. Nos creemos nuestras conclusiones y justificamos así, frente a los otros y hacia nosotros mismos, lo que llamamos “nuestra personalidad”.
No residen los matices que nos diferencian en la imagen de la que nos convencemos, esa imagen particular se forja a partir de la forma que tenemos de interpretar nuestro pasado. Y la forma que cada cual tiene de interpretarse, nace de la particularidad esencial de cada uno, que no se fundamenta en el tiempo.
No hay una concatenación matemática entre la causa y el efecto. Cada milésima de segundo genera un nuevo universo infinito en el marco de la existencia.
Así experimento hoy día mi ser, y desde aquí percibo en plenitud la libertad, no ofrezco autoridad al pensamiento que se asienta en la asunción de una perspectiva lineal del tiempo. Soy lo que estoy siendo ahora, y nada más. La consciencia de ello ofrece calma y albedrío a mi cuerpo-espíritu.

viernes, 22 de octubre de 2021

Tres sendas para encontrarme

 Sé que hay múltiples senderos para encontrarme, puede que infinitos, por eso hablaré de tres muy concretos, tres senderos que he querido recorrer no sin miedo. El primero de los cuales fue su boca, a la entrada hay un delirio que resbala y empapa las baldosas del templo devorado por la selva, donde vive el rey de los jaguares. Es, por lo tanto, prudente, mantener cierta calma y no hacer ruido. Después, uno puede deslizarse por la sábana de musgo, que termina en la imperiosa catarata de su garganta, donde se es inevitablemente tragado. Tras una caída que se antoja interminable, un tierno campo de amapolas frena el golpe, y escondido entre las flores, discreto y sigiloso, el gran jaguar espera. Es de obligado cumplimiento enfrentarse y luchar, a pesar de que obviamente va a ser uno derrotado.
Cuando el rey jaguar clavó sus dientes en mi cuello, pude verme junto a mí, y no era nadie.
Otra de las sendas es sin duda su mirada, la puerta luce abierta y no hace falta cruzar su jamba, el fulgor que despide el mundo que vive adentro, arrastra los pies de cualquiera que se encuentre próximo. Así que se es absorbido, y lo primero que uno vive es un vacío vertiginoso, un dejar de ser que asusta, y que sólo porque asusta, uno sabe que no ha dejado de ser por completo. Por eso se termina implorando el miedo, deseando sentir al menos algo de pavor, para poseer un ápice de certeza de que aún se está medianamente vivo. Pero el terror, como el jaguar, clava sus garras de acero.
Cuando sangré bajo el influjo de mis propios temores, hallé la paz, entonces pude verme junto a mí, y no era nadie.  
El tercero de los caminos es mi oído, a la entrada está mi escucha, y limpiándose las botas en el ridículo felpudo del pasillo está su voz. Viene y acaricia mi cuello, se cuela en la habitación prohibida de mi pecho, y expande mi corazón hasta que mancha todos los rincones de mi casa con un cúmulo tenaz de atardeceres.
Llegó, por tanto, el ocaso, y pude verme junto a mí de nuevo, y no era nadie, y todas las veredas eran clónicas serpientes engulléndose a sí mismas.

Granada

 Se apoyaba en la baranda de la terraza, y en sus ojos como en un charco se repetía el esplendor de la Alhambra. El gato a veces nos miraba, fascinado tal vez por los rizos de la noche. Luego, inesperadamente, sonaban las campanas de la iglesia de la Plaza del Salvador. El silencio era el único olor de la madrugada, con el matiz de alguna sombra extraviada que vagaba sonámbula por la cuesta del Chapiz, donde la pobre Loli se torció de una caída su flácido brazo.
Se apoyaba en la baranda de la terraza, y arqueaba peligrosamente su espalda. El enfoque de su mirada comenzaba a tomar forma, a estructurarse desde la base de la confianza, como si de alguna forma creyera saberlo todo sobre mí, paradójicamente en un instante en el que ni yo mismo hubiera podido saber quien era.
Luego pasó a ser un sueño, y dentro del sueño dejó de ser. Observé la muerte, que sólo existe desde la memoria de que lo muerto no estuvo muerto antes, y hago tal aclaración porque pude ver también la inexistencia, que es una cosa hondamente distinta. De lo inexistente, al contrario de lo que ocurre con la muerte, no hay consciencia alguna. Lo curioso fue descubrir que aún estando muerta seguía sintiendo amor por ella, no por la imagen del recuerdo de lo que fue en vida, sino por ella, completamente por ella. Y más curioso aún fue descubrir que, también por encima de su posible inexistencia, es decir, de su no-ser, seguía sintiendo amor. Pero de alguna forma, no sólo por ella, también por mí, a pesar de la posibilidad de mi inexistencia o de mi muerte. Después, ese amor conducido, perdió la capacidad de optar por cualquier tipo de dirección, y empezó a envolverlo todo, hasta el punto de ser lo único. Ya no era una sustancia que pudiera manejar desde mis decisiones, ya no formaba parte de mis anhelos particulares, estaba dentro de mí y a la vez estaba fuera, así como dentro también de todos los seres. Pude ver que el mundo era un cúmulo de apariencias interpretadas, una fuente de imágenes, una minúscula parte de la infinitud del amor, “el Es”, lo que está siendo, que es lo único que existe y, por tanto, lo único realmente perpetuo. Lo único que estaba ahí, nada más abarcaba en sí la inexistencia.

miércoles, 6 de octubre de 2021

Que no me hunda

Mi cabeza asoma sola en medio del mar, y ya no lucho contra la oscilación del agua. Noto su fuerza arrastrando mi cuerpo inerte hacia la tierra, pero no hay ninguna playa donde entiendan mi latido, por eso termino siempre de nuevo en medio del profundo océano. Me cansé de nadar, de tratar ingenuo de ser comprendido. Puede que queden algunos que aún piensen que no me he rendido, y que no entiendan bien porqué, pero me he rendido tantas veces… Me he rendido hasta del acto de rendirme. Por eso puede parecer que sigo nadando, pero tan sólo yazco inmóvil, manejado por la corriente.
Observo el horizonte, línea a la que no se puede llegar, pero que sin embargo existe. Entre tanto, los tiburones nadan bajo mis pies, no guardan apenas interés en mí, hay demasiados peces despistados que calman su apetito. Observo los eternos kilómetros que el ancho mar despliega alrededor de mi tímida cabeza, tan tremenda vastedad me obliga a abandonar la búsqueda, me separa de la espera, me invita a asumir el vacío como la única forma de estar.
Me pregunto por instantes cómo es posible que siga flotando, cómo consigo mantenerme en la superficie, y luego recuerdo que todavía está la guitarra a mi lado, que aunque ya su madera se encuentre podrida y las cuerdas rotas y oxidadas, aún se sostiene sobre el agua y permite, de vez en cuando, que no me hunda.

martes, 28 de septiembre de 2021

Imágenes aleatorias de un bosque ilusorio (Parte II)

De regreso al valle, poso mis finas patas sobre la rama de un avellano. Comprendo que ha llegado el otoño, comprendo que se avecinan cambios. Ya es de noche y percibo que los juicios oscuros acerca de la ciudad y sobre el comportamiento de los humanos, han nublado mi belleza interna. Me sorprendo cuando me percato de que no estoy solo. A la orilla del riachuelo se encuentra una mujer, un alma extraviada que no cesa de llorar. Hace frío, y el único manto cercano es el de la madrugada. Con cierto titubeo decido acercarme.
Para mi asombro, comprende mi canto y me dice que acaba de ver el agua, que nunca antes la había visto, y mucho menos escuchado. Me dice que el agua llora, y lo hace porque no puede contener en su cauce tanta belleza, porque siente la grandeza de cada paisaje que riega, y la única manera de expresar su gratitud es a través del llanto. Luego afirma que el agua es igual de hermosa que todos los lugares por los que pasa, pero que no se da cuenta, y que ella, la mujer que sabe hablar con los pájaros, conoce hoy, después de muchos años, la belleza del agua mejor que el agua misma. Por eso, dice, que está también llorando ella, porque siente que no puede contener en su cuerpo tanta magnificencia, y porque sólo la sutil percepción de que ella misma también forma parte de todo, le genera una especie de ensanche, algo así como una ausencia en los límites de su psique, que obliga a sus ojos a derramar un inmenso caudal de lágrimas.
Decido marcharme a una rama cercana, a un recoveco desde el que poder observar la insólita escena. Ella está mirando mi vuelo, y sé que mi libertad también desata su llanto. Está amaneciendo y recuerdo que fue el agua la que partió mi forma ancestral, el cascarón de piedra que me recubría. Me pregunto si yo también he sabido alguna vez observar el agua, me pregunto si todavía estoy aprendiendo a escucharla. De lo que no me cabe duda es de que me precipité en demasía cuando juzgué a los humanos. Hace cientos de años que no lloro, y no había reconocido el profundo universo de quienes portan la vida en el continuo palpitar de su pecho. No puedo emitir opinión alguna sobre aquellos seres que todavía saben llover.

Mi nido cuelga bajo la cornisa de un antiguo puente, sobre el que antes pasaba el ferrocarril. Aún se observan los raíles, aunque atrapados ahora en la densidad de la flora. La hiedra casi ha cubierto por completo las paredes de las grandes columnas que sustentan el puente. A veces me da la sensación de que esta vasta obra de ingeniería siempre ha estado sumergida en el bosque, siempre ha formado parte del entorno.
Repentinamente acontece una enérgica lluvia, y mientras me acerco presto a refugiarme en mi nido, me acuerdo de la mujer que sabe hablar con los pájaros. Debe de seguir junto al río y quizás desconozca el gran puente, bajo el que sin duda puede protegerse del diluvio. Sigue llorando anonadada, me esfuerzo en llamar su atención y enseguida entiende que existe un lugar donde podría resguardarse. Me acompaña sin demora y queda gratamente sorprendida cuando descubre el enorme puente camuflado en el robledal.
Ella se sienta entre los tupidos arbustos, apoya su espalda en el muro que forma la base de una de las grandes columnas, abraza sus propias piernas para protegerse del viento y cierra los ojos. Yo, ahora sí, vuelo hacia mi nido, a mi pequeño hogar de finas ramas, y marcho alegre por saber que mi huésped apenas pasará frío en lo que resta de noche. De vez en cuando brotan en mí antiquísimos recuerdos de cuando era un humano, y es por ello que sé que este extraño simio suele aquejarse en exceso del frío. El humano se ha alejado de los gélidos bosques, ha manipulado el poder del fuego y ha expuesto su piel de manera constante al calor, tal estrategia ha provocado que su cuerpo se haya vuelto vulnerable a la agresividad del clima. Los pájaros, por suerte, tenemos plumas, aunque a veces también padecemos las inclemencias del tiempo, pero esta noche no es del todo desapacible. Acaba de llegar el otoño y viene dando el aviso de que se acerca el momento de emprender el camino hacia el núcleo.
Apoyo mi pequeño cuerpo sobre las ramas de mi efímero hogar, acomodo mis alas para que cubran la mayor parte de mi forma, asomo levemente la cabeza para mirar por última vez a la mujer que sabe hablar con los pájaros, y observo satisfecho que al fin, duerme.

Amanece y no soy el primer pájaro en despertar. La noche ha traído una ardorosa ráfaga de viento que se ha llevado incontables hojas de las copas arbóreas. Las ramas desnudas se asemejan a  los cuerpos rígidos que ofrece la muerte, parecen huesos roídos, arterias planetarias solidificadas. El sonido estéril del ramaje, regala a los sentidos una percepción mucho más intensa del frío.
No obstante, decido extender mis alas y aproximarme a la vera del riachuelo, bajo el puente, donde invité a descansar a la mujer que sabe hablar con los pájaros. Pero, tristemente, ella no está, se ha marchado, y siento una leve punzada en el pecho ¿Por qué no se ha despedido? Quizá tendría prisa, algún tipo de compromiso, alguna cuestión importante que resolver. Aún así… no se habría demorado en exceso por ofrecerme un adiós ¿Por qué de pronto me preocupo tanto por ella?
Sorprendentemente comienzo a llorar, tanto que siento que me deshago. Llevaba cientos de años sin derramar una sola lágrima. Al tiempo que empapo mi tierna circunstancia, no puedo evitar el agradecimiento, la complacencia profunda por estar expresando en forma de llanto mi extraño dolor. Agradezco a la mujer que sabe hablar con los pájaros, aunque no esté presente, que haya desatado en mí la posibilidad de llorar.
La toma de consciencia de que agradezco tal cosa, además, provoca más llanto, más lluvia, mayor liberación.
Puedo apreciar que mis plumas empiezan a evaporarse, mis pequeñas patas ya casi han desaparecido. Hay un fino hilo acuoso que sale de mí, y se aproxima lentamente al riachuelo. No tardo en transformarme completamente en agua, mi cuerpo de pájaro se ha derretido, las lágrimas lo han disuelto. Llego al pequeño arroyo, no existe ahora la posibilidad de distinguir una porción de agua dentro del agua, así que soy el río, también las nubes, también la lluvia, las gotas de rocío, y la humedad subterránea que absorben las raíces. Siendo agua, abundante elemento en el planeta, puedo hallar con extraordinaria facilidad a la mujer que sabe hablar con los pájaros. Podré decirle que el agua sí que sabe que alberga la misma hermosura que todos los paisajes que baña, y que también es por eso que llora.

Nunca se marchó de la vera del río, no pude distinguirla porque se había convertido en piedra. En cuanto formé parte del arroyo, sentí su presencia, pude acariciar su silueta, sumergirla y arrastrarla. La mujer que sabe hablar con los pájaros había sufrido el mismo proceso de transformación que antaño experimenté yo mismo, y no me cabe la menor duda de que dentro de sí se está fraguando ahora un precioso pájaro. Presiento que mi tarea es tratar de quebrar su estructura para que nazca el ave, exactamente de la misma manera que hizo el agua conmigo, cuando yo era piedra. Golpearé su forma, envolveré su figura, penetraré en sus recovecos, y cuando llegue el invierno y me convierta en hielo, empujaré sus paredes internas para resquebrajarla. Sé que llevará largos años procurar su nacimiento, pero el agua es paciente y obstinada, y carece de premura.
Creo empezar a entender, o al menos quiero creer, que todos estos procesos dispares nos llevan, en último término, a fusionarnos con el agua, que el agua es el final de las transformaciones. Ella será pájaro, y después, al igual que yo, terminará siendo agua, y en ese instante pasaremos a ser la misma sustancia, el mismo elemento indiferenciado.
Aunque… por otro lado, comienzo a valorar otra posibilidad. Recuerdo que, cuando era humano, se acercó a mí un hermoso pájaro, al cual identifiqué enseguida como “la ilusión”, y desdeñé su presencia, por ser precisamente eso, una ilusión ¿Y si… aquel pájaro era ella? ¿Y si yo, de la misma manera, fui una ilusión para ella cuando me mostré ante sus ojos en forma de pájaro? ¿Y si nunca dejé de ser humano? ¿Y si, contrariamente, hemos sido siempre agua?
Parece ser que toda la dinámica que genera el pensamiento en torno a la consciencia de existir, en torno a la idea de ser una cosa u otra separada supuestamente de todo lo demás, dentro de un aparente orden lógico, se basa, únicamente en el olvido. Si consigo recordar, lejos de la búsqueda de una certeza coherente, que soy, a la vez, agua, piedra, pájaro y humano, que soy, en definitiva, todo lo que existe y nada al mismo tiempo ¿Se rompe el círculo? ¿Termina el bucle? ¿Acaso… muero?

sábado, 25 de septiembre de 2021

Imágenes aleatorias de un bosque ilusorio (Parte I)

Aún duerme la sólida semilla en el vientre del bosque, de su pétrea dureza germina el mundo. El sol, la inmensurable madre de la vida, dedicó su tiempo a derretir lo inerte y luego, dejó que la energía se esbozara en formas múltiples. El calor se tornó leve para ser luz, cuyo efecto transforma la muerte, transportando la energía en un ciclo imperecedero.
La inevitable sucesión de estrategias para ser, me tiene, como a todo, aquí, aparentemente siendo, aquejado tal vez de la ignorancia ante el hecho de que es ahora cuando estoy vivo y no mañana. Aquejado, realmente, porque no ignoro tal verdad, pero la eludo. La fuerza de saberse vivo parece demasiado intensa, no sería la primera vez que rompo a llorar tan sólo al distinguir el canto alegre de las aves, o simplemente al ver la danza de las hojas de los robles, cuando el viento fresco arrecia y juega con la filtración suave del crepúsculo.
Me pregunto a veces, sobre esta piedra en la que duermo, qué podría pasar si permitiera que el canto del río inundara mi vientre, qué ocurriría si dejara que la hiedra invadiera mi boca, qué sucedería cuando la fuerza indestructible de todo lo que existe tocara mi corazón ¿No estallaría acaso? ¿No expelería con furia toda mi sangre? ¿No mancharía el mundo con el rojo silencio de mi alma? Pasaría a ser entonces la misma piedra en la que me tumbo, las mismas nubes que me dan sombra, las hormigas que trepan la selva de mis piernas, e incluso el tiempo que juega arrugando mi frente.
He visto a la ilusión venir airosa, arrastrando su falda de plumas amarillas, la he visto ante mis ojos, manteniendo una distancia indiscreta, sexual, contagiosa. Me escupe su fragancia artificiosa y marcha tras un guiño displicente. Roza las ramas de la noche con su cuerpo de pájaro y su figura se diluye levemente entre el frágil tintineo de los párpados del bosque. No sabe lo absurdo que es su paso, qué innecesaria se me antoja su venida. Su ausencia reiterada me arrastró ineludiblemente a enamorarme de la soledad, cuyo fuego derritió mis creencias y esparció mi espíritu, sembrando la carne de mi cuerpo bajo la sombra del robledal.
Tan ilusa deja la propia ilusión pedazos de su piel sobre la mía, que me alimento si me place de su magia aunque esté ausente.

Las altas hierbas salpicadas de flores blancas, esconden sutilmente un amplio hueco donde descansa por instantes el agua fría y clara de la montaña. En la superficie revolotean frenéticas algunas libélulas de intenso y brillante azul. Yo, callado y expectante, pienso. Pienso siempre  tanto que… me quedo dormido de nuevo sobre la roca, y olvido la incomodidad de las innumerables moscas que se posan en mi cara. En mi sueño escucho una especie de melodía lejana, provocada por las teclas de un piano. Tal sonido carece de emoción alguna, no persigue la exaltación del alma. No me empuja a sentir tristeza ni me invita a sentir alegría. Sucede sin dejar de ocurrir, en una estabilidad continua que no se ve alterada por nada, pasando sin marcharse, yéndose y quedándose al mismo tiempo. Y poco a poco, comienzo a emerger de mi letargo, y a su vez, las notas de aquella onírica melodía se transforman lentamente en el sonido del riachuelo golpeando su propio caudal.
Procuro levantarme con el fin de refrescar mi rostro para evitar la somnolencia, pero al instante descubro que he cambiado de forma, que soy, de repente, una piedra. He sido privado, de súbito, de la posibilidad de desplazarme. Dicha situación, lejos de lo que se pudiera llegar a pensar, no genera en mí ningún tipo de angustia, así como tampoco emoción alguna, ya que, obviamente, mi nueva naturaleza lítica no incluye, entre otras muchas, la capacidad de sentir.
Liberado de cualquier tipo de juicio sobre la realidad que me circunda, comienzo a comprender que todo lo que importa es estar, y que incluso tal cuestión a largo plazo también carece de valor. De hecho, siendo piedra, descubro que el único afán con cierto sentido, es el de convertirse definitivamente en arena. Pero ni siquiera aquello produce inquietud, no existe la prisa para una piedra.
Los años pasan, se alternan las estaciones, a veces crecen las aguas del pequeño río en el que un día quise lavarme la cara, y me empapa, me sumerge en su corriente, e incluso, de vez en cuando, me arrastra.
Cierta mañana, habiendo pasado tal vez ya un par de siglos desde que se produjo la metamorfosis, tomo consciencia de que en alguna ranura de mi forma, se ha acumulado una pequeña porción de agua. Debe hacer mucho frío, percibo que el agua que porto está empezando a congelarse. Asumo entonces que la presión del hielo me quebrará. Mientras espero que se produzca el inevitable acontecimiento, me entretengo recordando una anécdota de cuando, todavía, era un ser humano. Me bañaba desnudo en otro río, junto a ella, la corriente aquel día era un tanto agresiva, pero yo permanecía con cierta facilidad, aún firme e impasible. Me miró entonces, ella, con su sólida seriedad y sentenció: “Tú… eres una piedra”.
Tras recordar aquel suceso, comienzo a llorar inconsolablemente, y es cuando el hielo, por fin, parte mi forma en dos. Nace, repentinamente, del interior de la piedra que me constituía, un pequeño pájaro de vivos colores. Y echo a volar.
Recuerdo luego también que ella me dijo, aquel día sobre el río, que aunque fuera piedra, podía , si quería, transformarme en pájaro.

Y ahora que puedo volar, me permito el privilegio de observar el bosque desde una perspectiva extraordinaria. Contemplo los cerros cubiertos del verde oscuro que prima en la flora, mecida suavemente por la brisa que acaricia la tarde. Veo el río partiendo el valle, surcando las entrañas de la serranía. Admiro la expresión de la roca, mostrando su pulido cuerpo, atravesando la arena compacta que pretende ocultarla.
Después de haber sido humano, de divagar con la idea de convertirme en roca, de rechazar el falso brillo de la ilusión y transformarme en piedra para ser piedra durante más de doscientos años… Soy, por fin, un vívido pájaro, un cuerpo alado que rasga el telón azul con su prístino movimiento.
Me acerco temeroso a la urbe. Desde tan alta vista encuentro absurdo el mundo de los humanos, ridículo incluso el dolor que se infringen a sí mismos. Nerviosos se mueven, se apresuran para no llegar tarde a la muerte, socavando el tiempo como fatigosas hormigas. No les parece suficientemente complejo el sistema bajo el que operan y añaden a sus espaldas innumerables dilemas morales. Juegan a creer que cada mínimo suceso conlleva una profunda responsabilidad, y unos a otros se arrojan culpas, deudas y hasta golpes. Poca les parece también la carga de su nombre, el estigma de su sexo, la pesadez de su origen, y en vez de intentar liberarse de toda ficción, se entretienen añadiendo ingredientes al insípido largometraje de su fantasía.
Me atrevo a pensar que muchos desearían que hasta los pájaros tomáramos posición política, que entráramos en el dilema de “a favor o en contra” y así, una vez definida nuestra postura, podrían disfrutar colgando etiquetas de nuestro plumaje para señalar después cuál es nuestro grado de coherencia, de tal manera que pudieran determinar si actuamos o no con responsabilidad.
En tal caso podrían condenarnos. Nos meterían en jaulas, nos arrojarían piedras, nos matarían a palos y a la vez, a los más afortunados, nos halagarían, nos señalarían arrobados e incluso, nos darían migas de pan, curiosamente, tal como ocurre de ordinario, puesto que el humano es a veces un fétido pozo de hipocresía y no necesita reflexivas excusas. Ya sea político o estético, su absurdo y desequilibrado criterio determina casi siempre sus actos. 

lunes, 6 de julio de 2020

Reflexión del día de mi 30 cumpleaños (4 de Julio)

Hoy, si los cálculos son correctos, cumplo treinta años, y he de confesar que no he conseguido nada de aquello que dicen que uno tiene que haber forjado antes de entrar en la cuarta década. No tengo coche, no tengo casa, no dispongo de un empleo asalariado y, por lo tanto, no tengo mucho dinero, sólo algunos ahorros gracias a lo que he podido rascarle a la vida con aquello de hacer canciones. No tengo tampoco pareja, y por supuesto, no tengo hijos. El suelo que piso cada día es de arena pura, inconsistente y movediza. Estoy sujeto a la más absoluta y difusa de las incertidumbres.
Creo que, al menos de momento, gozo de buena salud y claro, he compuesto un buen puñado de canciones, quizás más de doscientas, aunque de muchas ya ni siquiera me acuerdo. Pero estas no son cosas que se exijan a mi edad. Lo de la salud es eludible si uno tiene un buen coche, y lo de las canciones… bueno, es bonito quizás, pero si a estas alturas uno no ha conseguido aún “ganarse la vida” con ello, se considera un fracaso y poco más, un entrañable intento por desmarcarse del cuadro convencional.
Personalmente, no sé lo que es el fracaso ni comprendo tampoco el éxito. Para que se den tales cuestiones tienen que existir propósitos, ya sean los que uno mismo se inventa o los que la sociedad impone. Y hay que creérselos, por supuesto. Pero no vayan a pensar que yo vivo sin propósito alguno, es prácticamente inevitable proponerse objetivos. Lo que procuro, aunque a veces no me sea posible, es poner tales propósitos en el lugar que corresponde, lejos de la esencia que nos constituye, lejos del alma. Quizás por eso, dirán algunos, es por lo que fracaso, pero si hay algo que etiquetaría como fracaso sería, por encima de todo, el olvidarse de uno mismo y alejarse de la consciencia de lo que uno significa en el mundo, distanciarse tristemente por la asunción de una serie de roles impuestos, que en el fondo no son más que un juego pasajero.
Sí, claro que de vez en cuando anhelo ciertas cosas. La fuerza no acompaña todos los días con la misma intensidad, y a veces es completamente inexistente. La soledad es lo que más ahoga, es de las cosas más insoportables. Muchas de las cosas que no tengo ahora, alguna vez las tuve, y gocé de cariño y de algunas comodidades, pero cierta energía insólita e intensa me arrastró a dejarlo todo. Anduve un tiempo vagabundeando por ahí, luego aprendí a hacer equilibrismo sobre la línea que separa lo salvaje de lo esencialmente burgués. De vez en cuando tengo esa lúgubre sensación de que la vida conspira en contra de quien intenta saltarse sus pautas, pero acierto pronto a entender que estoy siendo profundamente vanidoso.
No me entiendan mal, me distancio cuanto puedo, por pura precaución, de enaltecer mis deseos, pero eso no quiere decir que rechace lo que la experiencia me ofrece. Estoy abierto a todo lo que pueda llegar.
Soñaba últimamente con comprar un pequeño terreno, construir en él una yurta, una de esas viviendas que levantaban los pueblos nómadas de Asia. Y retirarme ahí con mi guitarra para seguir componiendo canciones. Quizás con suerte, el destino me ofreciera compañía humana, y a lo mejor así tendría con quien compartir los tomates del huerto que rodearía mi hogar. Tal vez, con el tiempo, haría también un jardín y en él, de vez en cuando, daría conciertos al atardecer para todas aquellas personas que quisieran acercarse. Y si no hubiera quien, cantaría para mí y, por supuesto, para los pájaros.
Pero ¿Sabéis qué? No es necesario que se cumplan nuestros sueños, basta únicamente con soñarlos. Las expectativas rara vez se ven satisfechas en la realidad, y lo que creíamos que era una buena idea suele tornarse en algo inconsistente y vacío cuando lo exportamos al plano material. La mayoría de las veces vivimos lo que deseamos vivir cuando estamos soñando con ello y no tanto cuando aparentemente se cumple. Es por eso que trato de aprender a despojarme de la necesidad de esperar a que mis sueños se cumplan, no me importa tanto si se cumplen o no, me interesa por encima de todo aprender a soñarlos con toda la intensidad, como si estuvieran aquí, como si no fueran sueños, y a la par, trato de vivir lo que sucede cuando sucede sin entender que se trata de la consecución de un sueño, porque la comparación anula la fuerza real de la experiencia, porque no existe nada comparable a la esencia de la realidad.
Tengo treinta años y no tengo nada, pero así nací, sin nada. Y así he visto que muere la gente, sin nada, tanto los que tienen mucho como los que no. Lo único que poseo es mi cuerpo y hasta él terminará pudriéndose, lo único que poseo es mi tiempo e incluso él se desvanecerá. Somos efímeros pasajeros, somos simples turistas, nada más, por eso es bueno decidir si uno viaja para hacerse la foto o si está viajando para viajar.


martes, 17 de marzo de 2020

Reflexión número 4

Sabían que el abuelo tenía mucho dinero, enormes tierras y descomunales inmuebles. Prácticamente casi todo el pueblo era suyo. Nunca había querido compartir su riqueza, jamás se le pasó por la cabeza repartir todo aquello entre sus familiares. Pero el abuelo tenía predilección por una de sus múltiples nietas, todos lo sabían, sabían que a ella si que le regalaba constantemente joyas y otros objetos valiosos.
La suma de los bienes del viejo era tan alta, que a su ambiciosa familia se le hacía imposible aceptar que probablemente no cataría ni una sola moneda y que, para colmo, iría todo para la resabida e insoportable niña predilecta. Por eso hubo siempre discretas conversaciones sobre cómo quitarse de en medio al anciano, sin dejar rastro y sin que nadie acabara en la cárcel.
Intuían que el vejestorio no había escrito aún testamento alguno, ya que gozaba de buena salud, así que urgía llevarlo a la tumba cuanto antes. El problema era que nadie se atrevía a dar el paso, que no era suficiente la fuerza de la codicia frente al miedo a que pudiera resultarles todo mal.
Así que cuando comenzaron en China los primeros casos de personas infectadas por el coronavirus, y se dijo aquello de que podía ser mortal sobre todo para los ancianos, la familia Pérez vio una luz al final del túnel, una nueva esperanza. Y hubo entonces unos cuantos primos, algunos tíos y tres o cuatro nietos que decidieron pasar unas breves vacaciones en China, en Wuhan concretamente. Después la buena familia regresó a España, tosiendo y tocándolo todo, y abrazaron felizmente al abuelo, y le besaron como nunca le habían besado, pasaron el día junto a él, demostrándole todo su amor y su cariño.
El abuelo se sintió tan dichoso que al caer la noche decidió reunir a toda la familia y expresó:
“Tenía la idea de hacer pronto un testamento, porque aunque me encuentre bien, ya voy teniendo una edad. Iba a dejarle todo a mi queridísima nieta, a mi María Antonia. Pero después de los gestos de amor recibidos hoy, entiendo que tengo una familia maravillosa, y que lo justo y razonable es que reparta mis bienes entre todos”
A la mañana siguiente el pobre viejo no paraba de toser, y a los pocos días falleció. A la familia Pérez le salió bien la jugada, ahora todos son un poco más ricos. Pero lamentablemente, se encuentran recluidos en sus mansiones al igual que el resto de la gente de este país, sin posibilidad de disfrutar plenamente de su herencia.

lunes, 16 de marzo de 2020

Reflexión número 3

Pasada la moda del último juguete masturbatorio, del que se habló quizás más que del coronavirus, pasada la afición hacia los tejemanejes del gato y aburridos también de su insuperable ternura, comenzamos a preguntarnos qué podría ser entonces lo que nos faltaba ¿Acaso podía existir algo más allá de aquel perfecto artículo vibrante, de aquel pelaje cálido y suave y, por añadidura, de esa inmejorable máquina que llamamos microondas? Otra vez andábamos insatisfechos, reconociéndonos crédulos por haber pensado que lo teníamos todo. Pero de cualquier forma, aunque sacaran algo nuevo, alguna estúpida cosa que volviera a llenarnos de placer instantáneo, no íbamos a poder comprarlo, y cuando acabara esta insólita condena, seguro que esa cosa habría pasado ya de moda.
¿Qué pudo hacer que se viera tan reducido de pronto nuestro interés constante por el placer sexual? ¿Cómo pasó tan rápido a un segundo plano? ¡Si parecía estar siempre en la cúspide de nuestras exigencias y necesidades! ¿De qué manera dejó el gato de paliar de repente nuestro profundo sentimiento de soledad? ¿Y el microondas? ¿Por qué queríamos ahora cocinar pacientemente? ¿Por qué venía bien ahora dedicarse por entero a la cocina y calentar a fuego lento cada mínima porción?
Imagino que hubo quienes ante tanto interrogante, llegaron a una profunda conclusión: Si yo lo tengo todo o eso creo, y de repente todo aquello que era todo ya no es nada, cuando lo tenga todo nuevamente, será otra vez muy pronto aquello nada, así que ahora que observo que algo falta, será que en realidad lo tengo todo. Pues ser quien soy sin ese sentimiento de carencia, es sólo un vago croquis de mí mismo. Un yo que no se oprime tras la idea de que tiene una carencia, no soy yo. El yo definitivamente pleno es el que anhela, si hay otro por ahí que no lo hace, debiera prontamente aproximarse a alguna fábrica de humanos y exigir que se le instale cuanto antes la ambición y la creencia corrosiva de que hay algo que le falta.

domingo, 15 de marzo de 2020

Reflexión número 2

En aquel campo de flores hacía tiempo que ya no crecía casi nada, era una triste ironía seguir llamándolo campo de flores. Las pocas que quedaban parecían tener memoria y conocer bien lo que ocurrió con sus predecesoras, por eso crecían tímidas, casi escondidas, casi sin ganas.
Mas, de repente, algo insólito empezó a fraguarse en el ambiente. No notaban ya el agudo peso del zapato imprudente, no sentían el ignífugo aroma a podredumbre del hollín sobre sus pétalos ni la imparable algarabía de la celeridad humana. De pronto aparentemente, podían dejarse crecer y avisar a la tierra para que sin miedo pariera a unas cuantas hermanas. Y así sucedió felizmente de hecho, y en dos o tres días no daba ninguna vergüenza decir que aquel sitio era un campo de flores, aunque irónicamente, no había delante alma alguna que pudiera expresarlo.
Y creed que enseguida una abeja observó el panorama, y creed que llegó con un buen colectivo a libar todo aquello. Y crecieron más flores, y caía más agua del cielo, y la tierra otra vez concretaba sus ciclos.
Y un buen día acabó aquella ausencia inusitada del género humano. Pero las flores del campo no se vieron sorprendidas, siempre pensaron que las rígidas suelas de los zapatos regresarían. Aunque ingenuas, creyeron que por fin los humanos, al oler su fragancia, al notar aquel aire tan puro y tan nuevo, detendrían su afán por pisar neciamente sus tallos.
Pocos días después del regreso del mono inteligente, aquel campo de flores paso de inmediato a ser un barrizal, un solar sin aliento, un inhóspito trozo de muerte. Y llegó con su espléndida moto un apuesto galán, machacó con sus ruedas los exoesqueletos de las pocas abejas que habían podido aguantar por allí hasta el declive, se bajó de su máquina inerte aplastando un puñado de flores y afirmó, sin mirar realmente el entorno: “Qué hermoso este campo de flores, qué poco apreciaba este bello lugar antes del aislamiento, me alegra sentir que soy libre y que puedo observar, desde un nuevo prisma, lo que el mundo regala”.

sábado, 14 de marzo de 2020

Reflexión número 1

“No se acordaban ya de lo que era el aburrimiento, desacostumbrados al peso de las paredes apretando sus cráneos. No recordaban ya la asfixia, la obligatoriedad de encontrarse en silencio y cara a cara con su propia ansiedad. Redujeron su vida a un puñado de inútiles estímulos y cuando aquellos se les negaron, cuando se les escaparon, cuando no hubo de pronto ni una fresca cerveza ni un mísero partido de fútbol, cuando no hubo de pronto ni una insípida conversación superficial, tuvieron que vérselas con su frenético pensamiento. Procuraron evitarlo con tímidos remedios, pero no existió forma de paliar su sentimiento de vacuidad. La soledad era demasiado aplastante, demasiado profunda, demasiado callada. La inactividad rompía perpendicularmente con la estructura mental que sostenía la creencia de que sus vidas tenían algún tipo de sentido. Y eso que innumerables veces se les llenó la boca de quejas, de críticas sobre la terrible maquinaria que suponía la rueda imparable de la producción y el consumo. Pero ahora empezaban a entender que aquella rueda, que aquel insano bucle existía gracias a su honorable participación y que no habían hecho más que, durante toda su vida, criticar y odiar su propia actividad despojados por ellos mismos de la voluntad de detenerla. Ahora tenían que sentarse frente a su hipocresía y observarla sin apartar la mirada, reconociendo el óxido acumulado en sus absurdas opiniones. Ahora podían sentir la certeza transparente de que el sistema habían sido siempre ellos, cómplices de las conspiraciones, compradores de petróleo en dulce connivencia con la guerra y, por supuesto, empedernidos demandantes de alimentos procesados, orgullosos de sus cerebros de azúcar y plástico.
Ahora, llegado el momento de mirarse, se vieron buscando una esquina, una luz, un lugar donde pudieran perderse y no ser, no sentir. Se vieron rezando por una rutina, un quehacer, un destino. Se vieron sepultados bajo el peso de todas sus necesidades innecesarias y hubieron de aceptar que nunca fue tiempo lo que buscaban, que nunca fue tiempo lo que perdían, que eso era sólo una excusa para justificar ante el mundo su incapacidad de estar quietos, de estar solos, de dejar de hacer cosas, por el miedo irrefrenable a tener que encontrarse con ellos mismos.”

miércoles, 11 de marzo de 2020

COMUNICADO

MALAS NOTICIAS. SE SUSPENDE LA GIRA POR LATINOAMÉRICA.

Tanto el gobierno de Chile como el de Colombia han tomado la decisión de someter a aislamiento a toda persona que llegue de España, un aislamiento de dos semanas para prevenir la expansión del coronavirus. Esta medida afecta de lleno a la gira que tenía organizada, pues justamente mis estancia en Chile iba a ser de dos semanas, de otras dos semanas en Colombia y de otras dos en México. Intuyo que el gobierno de México no tardará tampoco en decretar esa misma medida.

Si en algún momento pudiera encontrar la manera de llegar a alguno de los lugares, procuraría hacerlo, pero mientras tanto y ante la incertidumbre, me veo obligado a suspender todos los conciertos programados.
Ante este inevitable devenir, recae sobre mí un profundo desaliento, así como sé que debe ocurrir sobre todas aquellas queridas personas que estaban esperando mi regreso.

Esta fatídica circunstancia no sólo ataca mi ánimo, también vacía mis bolsillos, ya que todos los pasajes; desde España a Chile, de Chile a Colombia, de Colombia a México y de México a España, ya estaban adquiridos, y la garantía de que ese gasto me sea reembolsado es prácticamente inexistente. Es la cuestión que menos me preocupa, pero tristemente significa que habré de retrasar mi regreso a América hasta que pueda recuperarme.
No obstante, seguiré trabajando para que mi visita se haga realidad lo antes posible.

Tan sólo en Bogotá y en Medellín se estaban vendiendo entradas anticipadas. Quienes hayáis comprado entradas sólo tenéis que poneros en contacto con “La Aldea Arde” o con “El teatro Matacandelas” y os devolverán vuestro dinero.

Dedicaré el tiempo que ahora se me ofrece para seguir creando y compartiendo. Siento profundamente las circunstancias que se están dando, y espero que guarden un significado del que podamos aprender intensamente, confío en ello. Os envío todo mi amor y mi cariño.

Sergio Torres / Paradoxus Luporum

sábado, 28 de diciembre de 2019

La hoguera

Aparté los muebles que ocupaban el escueto espacio de mi cráneo, anduve barriendo los huecos oscuros que siempre se colman de polvo. Después no sabía de qué mejor forma podría volver a instalarlos, pues había además un par de ellos repletos de ideas, absurdos panfletos raídos que ya no me incumben. Así que después de pensarlo un instante agarré con firmeza un martillo y me vi sacudiendo los viejos cajones, las sillas, las mesas, los altos armarios, las estanterías viciadas del peso de tantos trofeos, de tantos fracasos, inerte materia rendida para siempre a la carcoma. 
Cuando hubo un buen cúmulo intacto de astillas, prendí un par de inútiles páginas de algún pensamiento y pude observar como ardía enseguida la estancia completa.  
Sentí mi cabeza atestada de humo, se hacía imposible pensar nada en claro, así que marché de mi mismo y dejé las ventanas abiertas, me dispuse a esperar varios días con cierta esperanza. El mundo se me hizo algo hostil aquel tiempo, andar sin cabeza no es algo que agrade a la gente y no es bueno tampoco mostrarse en exceso, ya que hay quien se asusta y le tapa los ojos corriendo a su niño. Por eso tomé la feliz decisión de largarme al desierto, a un inmenso paraje poblado de dunas gigantes que nada albergaban, tan sólo un silencio impecable y la más absoluta y excelsa de todas las soledades.
Pronto determiné que debía acercarme de nuevo a observar si se había esfumado por fin todo el humo, y así era sin duda. Las finas ventanas seguían abiertas y ya no salía el olor ni siquiera de aquel estropicio. Podía, no obstante, notar un aroma distinto, algo así como a barro y a viento, como a hierba y a lluvia. Corrí sin demora a adentrarme de nuevo en mi cráneo y me vi de repente en un bosque perfecto, un espacio cubierto de vida, de cálidos ríos y nobles montañas.
Aún no sé como pudo nacer todo aquello, pero lo que fuera un minúsculo espacio era ahora un extenso paraje sin límite alguno. Jamás me propuse de nuevo amueblar mi cabeza, si acaso estar loco era aquello, lo estaba. Ya nada importaba. Volvía a ser niño de nuevo.

viernes, 13 de diciembre de 2019

El afilador

El último resquicio de conexión de la urbe con la vibratoria voz del alma, se hallaba sin duda en el oficio obsoleto del afilador. En aquella bicicleta oxidada y aún más, en el místico silbato despidiendo armónicos al aire, arrojando extraños sonidos contra los muros de ladrillo y cemento de los barrios humildes.

Nirvana

Adeptos a la carrera de la iluminación, detrás de la manera correcta de pensar y actuar, creyendo que están en algún tipo de sendero virtuoso, asumiendo la potestad para analizar a todo individuo con el que se topan. Piensan que todo el mundo tiene un problema, que existe algo que nos aparta de la manera ideal de ser, y entonces tratan de ayudarnos, de hacer terapia. Hay quienes les ofrecen alas cuando se colocan bajo ese rancio paternalismo, provocan que estos divinos seres sigan creyendo que han sido tocados por la mano de dios. Escupen la palabra ego y la aplican despectivamente sobre los demás, cuestión que denota paradójicamente su exacerbado egocentrismo. Viven atrapados en el bucle de un delirio de grandeza ante el que permanecen absolutamente ciegos, y que además, es difícil que pueda ser apreciado por sus incrédulos discípulos. No pueden aceptar el miedo como una dimensión emocional intrínseca a la existencia, siempre es un error la oscuridad, siempre el sufrimiento es despreciable, pero luego dicen amar la vida. El tiempo cultural que nos envuelve les obliga a rechazar sutilmente los códigos morales y a vender la idea del bien y del mal como una estructura subjetiva, pero basan realmente sus pasos en leyes inquebrantables y desean fervientemente que sean aplicadas ante todos los seres humanos, ya que si no las perciben como absolutas, no entienden la realidad. Psicólogos, psiquiatras, terapeutas, hippies, profetas, gurús, empresarios de las desgracias ajenas, de las penas, las emociones y las personalidades que se consideran defectuosas. Dejad de vendernos vuestro santo nirvana, ese nuevo dios inalcanzable. Vuestro rol de seres iluminados da excesiva vergüenza. La iluminación es Buda borracho cagando en un centro comercial. Dejadnos llorar, queremos estar locos, sentir rabia, dolor, odio, violencia, rencor, envidia, aburrimiento porque estamos vivos. Esa evolución de consciencia es una mera idea inexistente, otro recurso para mantener ocupada la voluntad, otra religión. No hay camino correcto, no hay una razón colectiva, no hay un punto al que llegar, no hay una manera ideal de ser, no existe ningún mesías. La inteligencia es sólo una palabra que reúne una serie de características ideadas por el ser humano para vanagloriarse de sí mismo. Nuestra perspectiva nos obliga a elaborar juicios y valoraciones respecto a las situaciones que acontecen, pero más allá de nuestra jerarquía mental, el dolor y el placer, el sufrimiento y la felicidad, son exactamente la misma cosa. Si amamos la vida, no podemos rechazar la muerte.

Píxeles

Cada letra que embarca en este rectángulo blanco es una insípida composición de píxeles, una mentira automática que engendra una verdad sistémica. Cada letra es un sonido en la mente, un sonido insignificante y exclusivo. Del caos, de la inverosimilitud inequívocamente inevitable, nace la palabra, y la palabra está sola y sólo si la mira el cerebro adiestrado, fruto de los milenios fugaces, puede entreverse algo que evoca, pero que no es en sí misma. Y no siempre evoca lo mismo para todo individuo, pero hemos llegado al consenso de que está bien engañarse ligeramente para creer que nos entendemos, es la única manera de entendernos.
De la palabra se deriva la oración, y si había quizás quienes sentían la palabra de un mismo modo, ni por asomo puede haber ya quienes entiendan la oración de igual forma. En la oración no existe significado, en la oración no hay nada, es un garabato en el rectángulo blanco, una concatenación de sonidos en la mente, es la unión de ruidos diminutos que se estiran en su tiempo particular, en su ínfima existencia. Lo que tenemos es una aparentemente férrea estructura consolidada que relaciona lo conocido con lo desconocido, lo experimentado con lo imaginado, y desde ahí ofrecemos una especie de común sentido a la oración, a la palabra, a la letra. Pero regresa a ser de nuevo una preciosa mentira, un sistema virtual, un instinto de supervivencia, algo así como respirar, pero sin respirar, únicamente imaginando que se respira, y consiguiendo en esa fantasía, en ese delirio... que mágicamente el oxígeno llegue a los pulmones, que insólitamente los píxeles se adhieran al espíritu, que drásticamente seamos simples emociones.

Darnos cuenta

A la hoguera con el manual del buen comportamiento, a la hoguera con la lista de los hábitos saludables. Al fuego con los protocolos, la rutina, la perfección y el camino correcto. Tu luz está en el interior del espeso mejunje de una mierda de perro. Al fuego con el DSM-5, vamos a mirarnos a los ojos y podremos observar que en todo caso el problema viene del miedo de los que están adaptados a quienes no lo están. De ellos nacen las pautas de corrección, el buen hacer, el ser divino. De ellos nace la necesidad de establecer una barra de medir, una escala para comprimir el mundo, para ordenar el caos de esta naturaleza inabarcable y evitar su propio colapso mental. No hay vía de perfección, todo éxito, todo logro que pienses que has alcanzado, es sólo eso; un pensamiento, una creencia, y, por tanto, un fracaso. El hecho de creer que existe una meta y pensar que se está cerca de esa meta, es lo que más nos aleja de esa supuesta idea divina que pretendemos alcanzar. No puedes trabajarte nada, no eres auto-educable, sólo eres “auto-reprimible”, y he de recordarte que lo reprimido explota, y que antes de que explote, lo que permanece escondido, simplemente está escondido, no erradicado. Únicamente podemos darnos cuenta, darnos cuenta, darnos cuenta, darnos cuenta, darnos cuenta, darnos cuenta, darnos cuenta (de que somos demasiado humanos).

Recapitulemos

Recapitulemos… Estaba aquí entonces ahora porque hube de estar en otro lugar antes ¿O es acaso innecesario que estuviera en algún lado? ¿Aparecí de la nada? En tal caso, la nada fragua “algos”, cosas que son. Pero en ese sentido… en la nada tendría que haber una fábrica, y si hubiera una fábrica, habría algo, por lo que realmente no sería la nada ¿Y si la nada fuera entonces algo? ¿Y si todas las cosas que son, fueran finalmente en sí mismas la nada? Es más… ¿Y si no existiera diferencia alguna entre la nada y las cosas? Sería como si fuera lo mismo estar vivo que muerto, aparecer que desaparecer, haber estado que no haber sido ¿Y si todo lo que existe fuera a la vez inexistente, y si fuera un proceso inevitablemente instintivo el hecho de concebir de manera dual cada mínima parte de lo que creemos que existe?

Aún viviendo

Aún viviendo, vivo. Aún viviendo siento que no estoy preparado para la vida, para observar con sanos ojos el círculo de contradicciones que nos depara el destino; lo que uno quiere y lo que uno cree que no quiere o lo que uno cree que no debería querer. Aún viviendo, muero. Muero porque no tomo ninguna elección, porque se escogen ellas mismas y hacen de mi estéril voluntad una tétrica marioneta. Cierro los ojos y no sé ya si existe el miedo, al igual que no sé si existe la libertad. Lejos de la necesidad de seguir demostrando algún tipo de poder a los demás, lejos de preservar la imagen pura y digna que otros puedan tener de mi persona, yazgo en un manto de hojas en otoño mientras viven palpitando primaveras en mi pecho.

Más allá

Más allá del continuo intento por estar todos de acuerdo, más allá de la persecución reiterada del olor a consenso, más allá de la imagen ridícula que nos convence de que la realidad se encuentra en un estado determinado, con un carácter concreto que es (hay quienes piensan) una parte natural del supuesto tiempo que nos toca. Más allá, mucho o quizás sólo un poco más allá; no hay nada, pero nada de nada. Y es preciosa ella, porque lejos de lo que la mayoría pensamos, cuando la miras directamente a los ojos, todo empieza a tener importancia, pero esta vez es cierto. No hace falta decirse que a uno le hacen falta valores, que a uno le hacen falta una serie de dogmas al menos básicos para encontrar el sentido de su propia vida. No le hace ninguna falta a uno inventarse cosas en las que creer ni obligarse después a creerlas, no le hace falta a uno apoyar su vida en sus propios esquemas de cartón. Cuando uno mira a los ojos a la nada, se siente obligado a sincerarse consigo mismo, y descubre porqué creía en lo que quería creer, y porqué hacía realmente todas las cosas que quería hacer aparentemente desde lo más profundo de su voluntad. Uno observa entonces que casi todo es fruto del miedo a la nada, por eso cuando uno mira, y pierde el miedo, uno se ve a sí mismo, desnudo. Y cesa paulatinamente la actividad frenética que nos caracteriza. Uno entiende, uno abraza y comprende, no necesita nada más. Uno agradece y sabe por fin vivir.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Sabiduría

A mí me interesa la sabiduría, no tanto el conocimiento. A mí me interesa el aprendizaje, no tanto la memoria. Saber es ser, impregnarse de, adherirse a, abrazarse con, sin preocuparse en absoluto de la utilidad. La etiqueta memorizada, el conocimiento, es fácil que nos arrastre a la magnificación de la separación, a la desatención, a entender que existe objeto diferente y fuera de uno mismo, y, por tanto, a perseguir el uso, la utilización para el supuesto beneficio personal. Beneficio que se apoya y se construye sobre la idea de que lo positivo es siempre lo que se acerca al placer o al estado de buena salud.
La sabiduría es sentir, es conectarse con el roble, y no tanto conocer que un roble es un roble. El roble no sabe que es un roble, el roble sólo es. Sólo podremos saber, sólo podremos ser, cuando olvidemos el árbol, cuando seamos él. La vida careció eternamente de lenguaje, no hay denominaciones. El juego del conocimiento es un engaño humano, una herramienta creada con la paradójica meta de estructurar el mundo, que finalmente nos ha llevado al completo despiste. Las bases de datos son para las computadoras. La sabiduría reside únicamente en el corazón. Estudiar es amar, no existe otra manera.

sábado, 12 de enero de 2019

Yo soy

Me ha costado demasiado saber quien soy, tanto me ha costado que no querría olvidarlo, me disgustaría en exceso que vinieras aquí para cuestionar la conclusión absoluta que finalmente me define. Me ha llevado largos años tener en cuenta los factores ineludibles que me convierten en lo que significo. Sería horrible que hubieras aparecido a mi lado para derribar los principios sólidos que me constituyen. Y es eso ¿No? Has venido ha destrozar la imagen que había construido paulatinamente, quieres hacerme consciente de lo que sé desde el principio, quieres que acepte que no sé quien soy, sin reservas. Quieres que sepa que soy quien no sabe quien es, quieres que sepa que para saber quien soy tengo que saber que no sé quien soy, y que en el momento que me diga que sé quien soy, estaré dejando de ser ¿Y tú? ¿Acaso eres alguien? ¿Quién eres tú?

sábado, 29 de diciembre de 2018

Estar sin ser

¿No es una pérdida de tiempo estar sin ser? ¿Por qué gastar tanta energía en hacer lo que sea que se haga si se hace sin ser? ¿Hay acaso algo que merezca ser vivido si no se experimenta con toda la fuerza pasional que debiera conllevar estar vivo? ¿En qué momento habríamos de dejar de estar enamorados? ¿Tiene sentido seguir caminando, seguir hablando, seguir sintiendo sin estar completamente enamorados y entregados? No comprendo la vida sin el desbordamiento incontrolado de energía en cada acto, hasta la saciedad, hasta la extenuación. Cuando no percibo que mi corazón danza frenético, cuando no me observo con lanza y escudo frente a los molinos de viento, dejo de comprender la razón de mi andadura y siento en la lontananza, en los confines de mi alma, al caballero de la blanca luna acercándose veloz para arrojarme ¿Existe realmente algún fundamento sólido para justificar nuestra vida más allá de la necesidad innata de estar locos de amor?

Mis ojos

Observo mi propio desorden, la confusión que de vez en cuando me invade, y recojo mis creencias, las achico un poco, luego las estiro. También las expando como inflaría un globo y si me canso las suelto y espero a que algún niño las explote con su mirada. Observo mi propia danza, trato de verificar si está motivada por alguna quimera, por alguna utopía, y en ese caso, descanso. Algunos a esta pausa la llamarían revolución, es una especie de muerte sutil, pero es apenas perceptible. Si la utopía no es ahora, no la quiero. Mi danza no es un sueño, es una danza, la vida no se puede vivir esperando a ser vivida, la única revolución es aprender a vivir la vida que se está viviendo. Así que tras la pausa comienzo a bailar de nuevo, y esta vez el baile tiene como cometido bailar. Sólo saben llorar quienes comprenden esto, quienes observan. Mis ojos son negros.

Si tú quieres

Yo, si tú quieres, ya no te digo nada más, y te doy la razón en eso de que no hay nadie tan sumido en la desgracia como tú. Yo, si tú quieres, me mantengo en silencio para que no imagines que cada palabra mía trata de competir con tu voz. Yo, si tú quieres, me marcho y te dejo a solas con tu pensamiento. Pero en el fondo sabes que no quieres que me vaya, que quieres que siga hablando contigo y destruir el bucle en el que nos hemos sumergido, y sabes también que la única desgracia que te aflige es el hecho de pensar que tienes siempre mala suerte. Ese pensamiento es el que causa finalmente que me calle, que me vaya y que te quedes, tristemente, bajo el enredo de tus elucubraciones.

Aprender

El día que entendí que nada era lo que parecía ser, tomé la decisión de olvidar todo lo que había aprendido. Y dejé tranquilamente de seguir sabiendo las cosas que creía saber, pues sentí que lo que se tiene por sabido es finalmente lo que menos se conoce, y pensé que en lo que se cree conocer no se indaga porque uno asume que ya no tiene misterio.
Hoy procuro aprender olvidando lo que aprendo, hoy prefiero escuchar mucho más que ser escuchado, y prefiero mirar antes que ser observado. Querría ser eterno alumno de la vida, jamás su mentor. Compañero inseparable de la inocencia y de la perplejidad.

Desperté

Desperté en un planeta donde no valía la pena arrepentirse de nada, donde el pasado era incambiable porque ni siquiera existía. Desperté en un planeta que giraba gracias a la ilusión de sus habitantes, a la creencia firme de que existen los giros y la diferencia entre moverse o estar quieto. Desperté en un planeta donde el motor de la vida era el amor, y donde, casi sin saberlo, todos los actos de los seres que lo habitaban se producían con el fin de entregarse. Luego regresé a dormir y cuando desperté de nuevo, ya no estaba en aquel planeta, aunque he de reconocer que por momentos tengo ciertos atisbos esporádicos de imágenes de los lugares de aquel mundo. Quizás me encuentre allí todavía, puede que nunca hubiera despertado en un lugar diferente al mismo de siempre, puede que simplemente haya olvidado donde estoy.

Breve carta de amor al amor

Si te escribo a ti de veras, has de pensar que soy absurdo y que escribo sin saber a lo que escribo. No niego tu razón, pero interpreto que esta carta podría servirme de algo, aunque… sé que vas a cuestionar la consistencia de la utilidad, hasta de la propia palabra en sí, su naturaleza humana. A pesar de todo, y aunque no vaya a ser mi texto la mejor concatenación de conceptos, tengo el profundo deseo de escribirte, seas o no de este mundo, pues nada hay ahora que pueda impedírmelo.
Nunca he llegado a conocerte, pero poseo la ilógica certeza de que tú has venido a visitarme muchas veces, de que incluso me rodeas en cada uno de los instantes de mi súbita existencia. Sé que estás en los segundos inconclusos del tiempo futuro, que estás ahora también en el pasado que sucede, que es el presente. Te he rozado con mis alas de fuego, he procurado abrazarte, pero siempre me despisto. Reconozco también que sé que no deben de gustarte demasiado las palabras, y que quizás te estoy pues atosigando ¿Sería mejor entonces que te dedicara una pintura? ¿Una melodía tal vez? Supongo que no hay nada que necesites, así que puedo imaginar que no te importa lo que haga o deje de hacer por ti. Siento no poder evitar pensarte…
Y seguro que es por pensarte por lo que no te comprendo, porque juegas con esa contradicción ¿Cierto? Quien se ciega con la obsesión de la búsqueda, te ambiciona y tú no puedes mezclarte con el anhelo, así que jamás te muestras ante tales sentimientos ¿Es posible que te quedes cerca? ¿Observando? Creo que nunca te vas de ningún lado y que a veces eres incluso las cosas que creemos que no puedes ser, ya que los cuerpos somos pura perspectiva. Hasta la ineptitud y sus podridos frutos penden de tus ramas, pero… No sabemos observar el árbol, pero… hasta la ineptitud y sus podridos frutos penden de tus ramas.

¡Vamos a lavarnos la cara!

Venga, vamos a lavarnos la cara, a quitarnos las rayas pintadas en la comisura de los labios. Vamos a olvidar que no entendimos la tormenta de la gente, que no dimos tiempo al prójimo para que saliera de la boca del lobo. Vamos a obviar que dimos vacuos discursos sobre la felicidad, que nos sirvieron para ganar adeptos y, a la vez, para hundir en la incomprensión absoluta a quienes no tuvieron tiempo de dar dos vueltas de tuerca más a sus sentimientos ¿Quienes somos ahora? ¿Es justo que reparemos nuestra máscara insulsa? Parece que todo lo que dijimos ya no importa, que la contradicción es legítima y… quizá sí, quizás lo sea, pero al menos… debería servir para que dejemos de escupir estupideces.
Malditos seres de luz… Que poco entendéis de penas, de agonizantes dolores, que poco habéis sido capaces de enfrentaros a vuestros terremotos internos, y cómo los habéis ocultado con ese ridículo complejo de superioridad espiritual. Malditos “Budas”, vomitivos charlatanes, arrogantes embaucadores incapaces de asumir su propia incoherencia cuando esta llega como un jarro de agua fría. Tened al menos el valor de reconocer vuestra propia farsa, no vengáis a vendernos ahora una nueva filosofía que incluya la tristeza (la vuestra únicamente claro) como una cuestión digna y valorable ¡No! ¡Bailad ahora! ¡Todo es producto de vuestra mente! ¡Bailad mientras se pudren vuestras almas!

martes, 6 de noviembre de 2018

Condensación (Cuento)

Tiritan las tiernas lágrimas de la mañana con el tímido roce de la brisa congelada, sus cuerpos inestables se deslizan por los tallos de las plantas que cuelgan en los balcones. Hay hojas que se desprenden y planean pasando desapercibidas sobre nuestras cabezas, llevando a veces aún el brillo de alguna de aquellas gotas. La tenue luz del sol de invierno se divierte atravesando su forma para multiplicar la magia que desatan, algo de lo que también rara vez nos damos cuenta. Aunque creo que la magia es anterior a la consciencia, así que importan poco nuestros ojos.
Crecen a empujones los tallos amarillos entre los adoquines, informan al cemento sutilmente de lo efímero de su presencia y por la noche le recuerdan que la tierra a veces grita, que ha llegado muchas veces a crear inmensas brechas donde ahora crecen árboles preciosos dócilmente.
Se yergue un muro de neblina en el ocaso del corredor urbano, no es para el amanecer impedimento alguno el despliegue cúbico del laberinto humano, y es capaz de inmiscuirse incluso en los asuntos de los pies que aún siguen apurando los últimos minutos de calor bajo las sábanas.   
Hay un pequeño cuenco de madera que contiene un manojo de llaves, tus fríos dedos eligen las que pueden arrancar el automóvil, y esa estructura producto del ingenio que no es más que la combinación minuciosa y estratégica de minerales, ruge cual si fuera un animal salvaje. La putrefacción de los organismos complejos que habitaron el pasado del planeta, ofrece movimiento a esta sólida figura que adquiere su estética por medio del fuego y la posterior exposición a la temperatura ambiente. Así son todas las formas en esencia, una consecuencia del enfriamiento.
Es probable que se adentre en ti la idea de que el cielo está poblado densamente por los químicos que surgen del petróleo, y que, por tanto, la vida en este globo se está viendo amenazada bruscamente. Pero todo cuanto existe se entrelaza y se dispone de una forma que sortea sin fatiga el raciocinio colectivo. La vida es un sistema más complejo que esa unión de innumerables conclusiones ideológicas humanas. El miedo que sufrimos viene dado por el hecho de saber que es nuestra vida únicamente la que está bajo amenaza, ya que, de lo contrario, nos veríamos confusos y obligados a asumir la ecología como un dogma que supera el impasible egocentrismo.
Tu pensamiento nubla los semáforos en rojo, en las pausas se aglomeran inequívocas punzadas en el vientre. A estas alturas ya no sabes si sentirse responsable tiene algún significado, a estas alturas corroboras que asumirnos bajo culpa nos arrastra únicamente hacia el dolor, y que apuntar con nuestro dedo hacia la muchedumbre ajena puede ser satisfactorio unos instantes, pero es otra estratagema finalmente para no sentirnos vacuos. Y piensas en lo hermoso que sería no pensar, y en vez de no pensar sigues pensando que la vida es deliciosa cuando viene desgajada, exenta de estadísticas, análisis y juicios. Pero atiendes y comprendes que no sabes si eso es cierto porque apenas sabes ya si hay algo cierto y además no eres capaz de describir lo delicioso ni lo bello ¿Pero acaso es necesario describirlo? Quizás no para ti, pero sí para ti misma. Sí, parece que haya dos o más dentro de ti, al menos dos seguro. Aquella que eres tú, que se dirige hacia sí misma sin obstáculo y construye la existencia más allá de la exigencia de añadir valoraciones, y aquella que no cesa de emitir largos discursos y parece reprimir los movimientos espontáneos que  proceden de tu pecho.
La noche se abalanza de repente sobre el orden, la claridad se ahoga en las esquinas de tu cuarto y es difícil dedicarle una sonrisa a aquel incómodo rayajo que ilumina levemente tus mejillas. Brota el último bostezo y se mezcla con la mueca de tristeza que al final ha conseguido establecerse en tu semblante. Antes de dormirte hay unas lágrimas que caen sobre tu almohada, el aire caliente que aún perdura las termina recogiendo. Pronto estará la mañana de nuevo exigiendo su turno y el aire se habrá enfriado, dejará tus lágrimas probablemente sobre cualquiera de aquellas hojas que caerán desde alguna maceta justo en el mismo instante en el que te encuentres caminando hacia el automóvil. Si esta vez miras al cielo, verás al fin cómo la luz se regocija en el rocío, en tus lágrimas nocturnas. Entonces no hará falta que describas la belleza ni buscar explicación a la evidencia de que la armonía nace cuando vemos el abrazo que los polos aparentemente opuestos se están dando. Entonces no hará falta que no pienses, porque un hálito de paz irá contigo a cualquier parte siendo siempre inquebrantable frente a todo lo que pueda suceder y ante todo lo que traiga el pensamiento.

Paradoxus Luporum

miércoles, 17 de octubre de 2018

La apariencia del odio

La apariencia de fuerza que desata el odio en los espíritus débiles suele llegar con mayor intensidad que la información verídica. Cegados por la apetencia brutal de que “los otros” sufran, muchos seres humanos rechazan las evidencias y esperan cómodos a observar como las cabezas ruedan para posteriormente sacudirse los hombros y desprenderse de ese vago sentimiento de culpabilidad en el que nunca indagaron.
Los esfuerzos de la lógica por establecerse en la mentalidad colectiva con el fin de prescindir de ciertas decisiones que siempre han llevado al sufrimiento, son completamente vanos. El individuo construido a través de la inquina acierta a entender el dolor ajeno y la venganza como las únicas expresiones humanas que traen sentimientos sublimes.
Para transformar esa fragilidad, para demostrar que existe un mundo desmesurado de paz interna que dista notoriamente de aquellos sentimientos de animadversión, debemos ofrecer y ofrecernos certeros golpes de cariño y constante ternura. Es la única manera de ver con claridad la verdadera esencia que nos constituye, esencia que una vez reconocida nos invita insistente a prescindir de toda la vanidad que hemos cultivado. De poco o nada sirven la queja y los discursos grandilocuentes cuando no despertamos la infinitud incomparable del ser que escondemos bajo la oxidada llave de la superficialidad.

martes, 17 de abril de 2018

¿El sentido de la vida?

Voy a aprovechar la soledad para atornillar las patas de la tabla sobre la que bailamos, esa que de tanto en cuanto se tambalea. Lo más probable es que a pesar de apretar los tornillos, vuelva a tambalearse de nuevo tarde o temprano, puesto que el baile no cesa y es vívido e intenso. Pero tengo una caja llena de herramientas y construir siempre ha sido una gran motivación para mí. Así que cada vez que parezca que la tabla está a punto de quebrarse, llegaré con mis manos y mi tiempo para reconstruirla y que sigamos salvajes danzando.
En realidad no nos conocemos, nunca hemos llegado a ese punto o, quizá, debería aclarar que no creo que ese punto exista, el de conocerse digo, porque ¿Qué es conocerse? ¿Qué es conocer a alguien? Si conocernos es aprender nuestros nombres, recordar nuestros gustos, nuestras incomodidades, saber lo que decimos que somos y actuar en base a los principios inamovibles que aceptamos como detalles inflexibles de nuestra personalidad, entonces podría decir que nos conocemos, pero ¿De qué nos sirve alimentarnos de toda esa información superficial cuando es un hecho que es una información falsa basada en acciones completamente volubles en el tiempo y el espacio? Aunque rechacemos y reprimamos intelectualmente su volubilidad, las características que definen lo que llamamos nuestra personalidad, nunca han sido permanentes, nunca han existido.
Si dijera que te conozco, deberías probablemente tomarlo como un insulto, como una subestimación. Cuando decimos que nos conocemos estamos simplemente encuadrando la imagen de una persona en la estructura de un segmento temporal imaginado en el que añadimos experiencias acontecidas en el pasado completamente manipuladas por el pensamiento actual de lo que recordamos que ocurrió. Con toda esa información imaginada optamos por un patrón de comportamiento frente a la persona “conocida” que creemos que se adapta mejor a ella y a nosotros mismos. Ideamos un perfil como en un videojuego y el hecho de que la persona “conocida” acepte el perfil que le implantamos, facilita la asimilación de la creencia del conocimiento de su personalidad y anula en ella las posibilidades de crecimiento y desarrollo pleno de su existencia y también la posibilidad de que nosotros podamos indagar verdaderamente en el conocimiento profundo y la comprensión real de su esencia.
Conocer a alguien es, aunque nos resulte paradójico, aceptar primeramente que nos es imposible conocerle. Nos guste o no, no somos lo que hicimos ni lo que haremos, y sería arriesgado decir que somos lo que hacemos porque para definir nuestra personalidad desde la descripción de los actos que acometemos en el presente, necesitamos estructurar con palabras dichos actos, los cuales son efímeros, temporales. La descripción de los actos es una mera construcción de etiquetas. Así que, en definitiva, no somos absolutamente nada.
Creemos fervientemente que somos fruto de nuestro pasado, lo cual indica que no nos conocemos a nosotros mismos. Ofrecemos gran facilidad para que nos enmarquen en la pared del pensamiento ajeno porque nosotros mismos nos enmarcamos en la pared de nuestro propio pensamiento. Y hacemos esto porque tenemos miedo a asumir que no somos nada, creemos que la asimilación de dicha cuestión podría traernos un profundo vacío emocional.
Es probable que así sea, es bastante probable. Durante toda nuestra vida hemos actuado en base a un patrón de conducta condicionado por las características adquiridas que supuestamente definían nuestra personalidad. Toda nuestra existencia se sostiene en la idea de que somos algo separado, ajeno al resto de la materia viva o muerta y de las formas que percibimos. Supone una carga de responsabilidad total el hecho de aceptar que podemos ser aquello que queramos . El tiempo sólo sucede en la mente. En la realidad somos instantes, y dilucidar esa realidad puede ser algo semejante a la muerte, nuestro afán de supervivencia se manifiesta confuso y no permite que exploremos esta vía. Pero si abrazáramos con entereza la sensación que trae la toma de consciencia del “no-tiempo”, la toma de consciencia de que no somos nada definitivo, nada determinado, querríamos morir en este sentido para dejarnos embaucar por la vida, para practicar la libertad en su profundo y verdadero significado.
Sólo imagina ser lo que quieres ser, toma de lo que existe lo que quieras tener, la arquitectura del instante y el espacio se ofrecen para desarrollar tu creatividad.
Lo que somos en esencia escapa al control analítico del ser humano. No somos tiempo, no somos las cosas que poseemos. Somos el continuo desarrollo de nosotros mismos fuera de la importancia dada por el pensamiento al sinsentido y al sentido. Somos únicamente momento, fugacidad, instante, amor creativo.

sábado, 10 de marzo de 2018

Hipocresía

¿Puedo despotricar un poco sobre aquello que llamamos sociedad? ¿Puedo, más bien, generalizar un poco? Soy consciente de que esto podría ser también una crítica contra mí mismo. De hecho, puede que dé lugar a que una parte de mí se ponga al descubierto, puede que dé lugar a que se manifieste algo que podría ser utilizado en mi contra, o a mi favor. Pero, sea como sea, algo me incita a desahogarme, y es probable que en esa necesidad se encuentre la raíz de mi desasosiego. Aún así voy a hablar, quiero hablar, no quiero dejarme nada adentro.
Es inverosímil que diga esto, altamente incoherente, injusto también, pero es así… Estoy harto de la hipocresía humana, o al menos de lo que yo interpreto como hipocresía o de la hipocresía que alcanzo a interpretar. No puedo comprender el proceso por el que se forja una mayoría concreta en las sociedades humanas que asume una serie de comportamientos crónicos y los reproduce continuamente sin ningún tipo de cuestionamiento. No comprendo porqué rechazamos nuestra propia vida, nuestra salud y nuestro tiempo en pro de cumplir con las expectativas imaginarias de aquella ilusión que llamamos sociedad ¿En qué momento comenzamos a perder el interés por nosotros mismos?
Pretendemos que las cosas cambien, que el mundo sea un espacio más cómodo en el que vivir, más digno y más justo, y nuestras viviendas son espacios cuadriculados metidos en cajoneras gigantes de hormigón, están además casi todas amuebladas de una manera semejante, todo está distribuido más o menos de la misma forma, no queremos usar la imaginación, no hay tiempo para el ingenio ni la inventiva, no hay tiempo para explorar nuestro propio sentido estético, no hay espacio para la particularidad, es más rápido comprar lo que ya está diseñado para cubrir esas necesidades creadas por los vendedores de necesidades ¿Acaso el mundo, el día a día, la ciudad, la realidad en la que nos desenvolvemos cotidianamente va a cambiar de un momento a otro porque sí? ¿No constituye plenamente cada individuo con su comportamiento esa realidad que a la vez detesta? ¿Se puede cambiar el mundo sin espacio para el ingenio, para la imaginación, para la particularidad? Todos hemos asimilado el maravilloso autoengaño del dinero y del trabajo asalariado, da miedo escapar de ese bucle, y lo justificamos porque nadie quiere sentirse inseguro o reconocer que su vida no es aquella que le gustaría estar viviendo. La asunción de la entrada en la rueda de producción y consumo como algo inevitable, se interpreta mayoritariamente como un signo de madurez, pero no deja de ser una estrategia más de nuestras propias mentes para que la moral de la sociedad no decaiga. Regreso a decir que pretendemos cambiar el mundo, pero pasamos la semana sumidos en una actividad frenética cuyos resultados terminan siendo insulsos, cuyos frutos sólo sirven para perpetuar la dinámica que permite que el mundo siga siendo tal y como es, y entonces, esos aspectos de la realidad que consideramos positivos, a pesar de ser contradictorios con la idea del cambio, los justificamos porque fundamentan la necesidad de nuestra actividad, de esa forma creemos que lo que hacemos sirve para algo y continuamos conservando las cosas como están.
Es paradójico, la actividad frenética humana paraliza la consecución de una realidad coherente con la vida ¿A dónde va a parar entonces tanta energía? Gira siempre en el mismo sentido, reproduciendo roles, dinámicas, estructuras, dejando que las cosas sigan estando como siempre han estado ¿Por qué? Porque en el fondo, y no tan al fondo, tenemos miedo. Nos da pavor imaginar lo que podría ocurrir si dejáramos de hacer de un momento a otro lo que estamos haciendo, lo que nos obligamos a hacer ¿Qué sería de esta sociedad si el fin de semana que viene no se emborrachara nadie? ¿Qué sería de los bares? ¿Qué demonios estaría entonces haciendo la gente? ¿Madrugar el domingo? ¿Para qué? El mundo es un mundo sin renovación, un cenagal estancado que mueve sus aguas únicamente por una tubería oxidada que devuelve todo al mismo charco inmóvil. Ese mundo lo constituimos tú y yo, somos nosotros los que procuramos que el lunes que viene podamos seguir madrugando para ir a trabajar, intentamos que toda la semana se vea cubierta por una actividad remunerada y nos aseguramos de que el fin de semana tengamos dinero para gastarlo rápidamente antes de que llegue de nuevo el lunes ¡Asumamos de una vez que somos aquello que llamamos “sistema”! El sistema es una mera creencia, se sostiene gracias a la asimilación mental de que las estructuras ideológicas permanecen, de que nada puede cambiarse ni alterarse. Si nos sintiéramos responsables de las causas que generan nuestras propias quejas, empezaríamos a transformar la realidad.
Veo la salida en la pérdida definitiva del miedo, en el placer por desconocer lo que puede llegar a ocurrir. Veo la destrucción del bucle en la observación enamorada hacia los pequeños detalles de la existencia desechando las preocupaciones que genera la incertidumbre. Entiendo la verdad como un estado que nos envuelve cuando se apaga la falsa necesidad por los estímulos superfluos y percibimos el continuo suceder como el mayor deleite, como una magia impecable imposible de sustituir por las ideas. Creo que la libertad empieza cuando asumimos nuestra participación y responsabilidad dentro del círculo de sufrimiento y muerte que hemos sostenido y cuando tratamos la relación entre unos y otros desde una perspectiva fuera de todo prejuicio, fuera de toda etiqueta y expectativa. Y, mal que me pese, no veo absolutamente nada de esto en la sociedad moderna, no veo absolutamente nada de esto en el afán individual, y ni siquiera veo absolutamente nada de esto en mi propia persona.