domingo, 10 de marzo de 2013

La idea (Cuento) (1ª parte (de 6))

Parte 1: Presentación

Solía decir: “Hoy, la armadura ha perdido su brillo y nadie sabe qué es la lanza ni la espada ni el escudo, pero en las noches insomnes de un guerrero inconsciente, relumbra el bolígrafo sobre un pupitre como antaño lo pudo hacer el filo de una espada. Y un diccionario, gordo y desgastado, es la armadura con que las guerras se hacen más livianas”
No sé con certeza si sería su intención cambiar el mundo o si ordenar su mente fue la pretensión causal del hundimiento en el piélago de la lengua. Tampoco puedo saber quién era, aunque no hubo nadie más cercano a él que yo. Nuestra confianza se podía comparar a una iglesia románica; fría; lúgubre; algo distante, pero acogedora en el fondo y no vana de intrigas. Era imposible conocerle; tan peculiar… Me encantaba ocupar las tardes tomando café con un poeta de su talla y, he de decir que, las noches de vino y tabaco, acrecentaban mi admiración por tan vasto anacoreta, pero, como tal, él decía que no le agradaba la embriaguez, que le convertía en algo así como un joven rapero; que habla mucho, pero no dice nada.
Cuando estábamos demasiado borrachos se enfadaba conmigo, alguna vez me llegó a hacer sangre en los puños; entonces yo me iba a dormir y le dejaba tranquilo, divagando en su somnolencia exacerbada. Su desazón matutina del día siguiente a la ebriedad era vergonzosa y todos mis elogios sucumbían atrapados en una única obviedad pasajera y efímera hacia su persona: era un papanatas, un pazguato sin remiendo que gastaba su vida en la confección de jerigonzas inútiles para encandilar en sí a la petulancia.
Puede que mis planteamientos parezcan un tanto incongruentes, es así, innegablemente, ya que nuestra relación fue siempre una contradicción inexplicable. Tan pronto mi juicio sobre él era el más puro que puede recaer sobre persona alguna, como era al instante el más sucio y febril.
Pero era más inteligente que yo, eso es indudable. Me costaba reconocerlo, como a todo el mundo, pues no es fácil asumir la inferioridad intelectual frente al otro, de hecho, esto nunca se lo dije; aunque se lo imaginaría, ya que siempre le negaba las partidas de ajedrez. Nunca jugué al ajedrez con él por miedo a perder y que se hiciese evidente mi desventaja. Le veía jugar contra otros y le veía perder; siempre perdía, pero aún así me sentía inseguro, prefería evadirme y dejar en el desconocimiento mis incapacidades.

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