lunes, 7 de enero de 2013

Al día un escrito

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(Correspondiente al día 7 de Enero)

Hay días que estoy encerrado en un angosto cubículo, pero otros me encuentro con un campo abierto de estímulos y vida y eso me perturba, pues si he de elegir una etiqueta entre la extraversión y la introversión, habría de elegir la segunda, aunque no es exactamente mi personalidad la de alguien extremadamente introvertido, pero tengo mis instantes insólitos y siempre me pregunto por la ubicación exacta de la línea de separación entre los actos considerados extrovertidos y los contrarios. También me suelen interesar los extremos y conocer las consecuencias negativas de tener una personalidad absolutamente extrovertida u absolutamente introvertida, además de las consecuencias positivas. Imagino que para las personas más ensimismadas y encerradas en su mundo interior, debe de ser complicado soportar a una persona demasiado extrovertida, pero ha de ser peor soportar a un introvertido para el extrovertido, ya que el extrovertido necesita de estímulos externos para sentirse satisfecho y alguien introvertido no le ofrecerá demasiados. Al fin y al cabo, el introvertido acabara sumido en sus delirios internos y no atenderá los continuados intentos de entablar una conversación por parte del extrovertido, para éste terminará siendo una situación insoportable. 
Siempre que pienso en estas cuestiones termino decidiendo que lo mejor es situarse en un termino medio e intentar ser más extrovertido cuando la situación lo exige y un poquito menos cuando no haya situaciones que requieran de nuestra atención. Pero claro, esta conclusión es bastante vaga teniendo en cuenta que no todo el mundo puede controlar o decidir entre unos aspectos u otros de su personalidad, a veces manda el corazón y a ese no hay cerebro que se le rebele.

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