miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los días en Perú (Texto 8)

Escritos del miércoles 7 de Noviembre de 2012
Huanchaco, Chan Chan, Gocta, Kuélap, Chiclayo y todo lo demás

"Tiene gracia como los mismos que se identifican con aquello de -La naturaleza no se puede comprar- son los mismos que te la venden"

La puesta de sol siempre enseña colores distintos, sobretodo cuando se observa desde diferentes lugares. El juego de las nubes en el cielo con la tenue luz que se va reduciendo hasta tocar la noche, es un acontecimiento místico que refugia su porqué en la ciencia para quien no quiere creer en las interpretaciones de su propio corazón. Yo veo la luz de los sueños perdiéndose en el olvido, me recuerda a algo así como el fin de la adolescencia, ya que se observa un resplandor único que parece desear aferrarse a sus intenciones, pero que finalmente muere y se apaga como el cerebro de los abuelos muy ancianos que lloran por la noche en los hospitales. Luego aparece la luna, algunos se van a dormir y otros se quedan toda la noche mirándola, quizás sean quienes encuentren otra vida después de la muerte. En todo caso, yo no soy de los que miran la luna, prefiero dormir, pues en el mejunje de mis sueños me encuentro tranquilo y satisfecho, no necesito demasiado para sonreír ¡Ah! Y cuando me muera espero estar bien muerto, ya me pesa bastante esta vida y no concibo el hecho de tener que cargar con otra. Si dios existe, espero que me deje dormir tranquilo y que no me demuestre su existencia, pues sabe que de ese modo intentaré convertir su cielo en un infierno, al igual que aquí me esfuerzo en exprimir palabras por hacer del paraíso de aquellos que se ven endiosados, un lugar desagradable para su triste existencia.
Y así terminó mi estancia en la playa de Huanchaco. Seguíamos allí cuando el último surfista decidió salir del agua, y nos fuimos antes de que el primero decidiese adentrarse.
De pronto, sobre la arena del desierto se divisa una inmensa ciudad de barro, la llaman Chan Chan, donde, como en cualquier otra antigua ciudad del planeta, se conformó la capital de un importante reino. Es emocionante imaginar que los “reyes” de aquellos antiguos siglos, los que reinaban en Chan Chan, pensarían que su enorme ciudad de barro nunca perecería y ahora la vemos en ruinas, casi imperceptible ya, aplastada primero por el imperio Inca, en segundo lugar por el imperio español y actualmente por el vasto imperio del dinero que, por la cuenta que le trae, destruye a la par que reconstruye. Pero es un alivio, pues hablando de imperios, Chan Chan fue la capital de un gran reino y, por tanto, la pieza fundamental para comenzar a expandirse y crear un imperio, por lo que su transformación en polvo, en la actualidad, nos advierte de que todos los imperios serán erosionados por el viento, la lluvia, el sol y por sus mimos creadores. Me encantaría ser un turista en el futuro, acercarme a las enormes ciudades del imperio capitalista y observar anonadado sus inmensas ruinas sin llegar a comprender jamás el terrible poder que suponían sobre los individuos.
Y comienza la carretera bajo el autobús, como una cinta de esas de los gimnasios, a moverse y transformar el paisaje para escupirnos en un lugar conocido como “Pedro Ruiz”. Hay ciertas cosas en la vida que son bastante graciosas, por ejemplo, y voy a mandar a la mierda todas las preconcepciones que hay respecto a esto, me sorprende como pensamos que las personas que viven cerca de la selva, no digo nativos, sino gente que vive en las ciudades que hay alrededor de la selva, son o deben ser de una pasta diferente a las personas que estamos “sumergidas por completo en la civilización”, es una gran estupidez. Muchas personas de las que viven en estas pequeñas ciudades que rodean la selva, participarían de muy buen grado en el gran desarrollo del capitalismo sin importarles la destrucción de la naturaleza ni los sentimientos ajenos, haciéndolo mucho mejor que un ciudadano europeo, de USA o de una capital de la misma latino-américa, es decir, que el deseo de ser natural, de querer ser libre, de querer tener buenos valores y ser respetuoso con el mundo, el deseo de crear un mundo mejor, de amar, de sentir, etc. Está en ocasiones más presente en un ciudadano cualquiera de una gran ciudad que en aquellos a los que atribuimos la tradición indígena y, por tanto, la capacidad de ser más respetuosos y entendedores de la naturaleza. Muchas personas que he conocido a lo largo de mi vida, en mi barrio, en la enorme ciudad de Madrid, tienen más deseos de llevar una vida libre, indígena y nómada que estas personas que llevan la sangre y la tradición de tribus con esas características sociales. Cerca de la selva he descubierto en ciertas personas la antipatía, la avaricia, el egoísmo e incluso el racismo, todo ello envuelto en un hediondo complejo de superioridad que no comprendo, y lo peor es que en las inmediaciones de los lugares donde esas personas viven, te encuentras advertencias como “el dinero no se puede comer”, “no se puede comprar la naturaleza” y toda clase de frases de ese estilo, cuando en realidad ellos comprarían cien veces más los ríos, las nubes, los bosques o a los animales que yo o que muchas personas de piel blanca que conozco. No los compran porque no pueden, pero lo venden y lo venden muy bien. Es todo un absurdo, se dirigen como buitres hacia el dinero, siempre piensan que tienes más dinero que ellos, por puro racismo, porque eres más blanco y tienes otros rasgos faciales. Si es necesario, te engañan porque no has querido pagar algo innecesario, te cobran dinero por observar la naturaleza, te miran como si fueras un invasor por ser extranjero y luego se creen descendientes de nativos, de tribus indígenas, pero en tal caso serían una vergüenza para sus ancestros (que conste que no me refiero a todas las personas que viven en las ciudades de la selva, no estoy generalizando, sé que hay todo tipo de personas, al igual que en cualquier parte del mundo. Sinceramente, lo que he dicho va especialmente dirigido hacia el conductor de una comvi y el taxista de una moto-taxi que me sacaron de quicio). Y ya basta con la imbecilidad de que vengo de España, yo no me llamo Francisco Pizarro ni Hernán Cortés, jamás he defendido la aniquilación de los pueblos ni su sometimiento, jamás he creído en la dominación ni en la explotación del hombre por el hombre, amo la libertad tanto como cualquiera y no tengo menos derecho a perseguirla y a luchar en su nombre por haber nacido en una ciudad capitalista de un trozo de tierra que llaman España desde la que hace más de quinientos años partieron unos militares con el afán de someter a innumerables culturas de latino-américa. Yo no participé en aquello, no me identifico con lo que unos señores que no conozco hicieron hace tantos siglos, no tengo que pedir perdón a nadie porque sería reconocer que he hecho algún mal y no puedo reconocer algo que es falso ¿cómo voy a sentirme culpable de algo que sé gracias a los libros de historia? No tiene ningún sentido que a las personas que por azar nacen hoy día en España, se las guarde rencor por algo que hicieron hace más de medio milenio unos individuos pertenecientes a la élite militar y pudiente de aquella época. Dejen de ver a un español y vean a un ser humano como otro cualquiera, pues ni a mí mismo me gusta considerarme español, ya que no creo en las fronteras políticas y la patria para mí solo es una palabra absurda que intenta crear una unidad irreal entre grupos de personas con razonamientos muy dispares para que en algún momento tomen la decisión de morir por los intereses del poder imperante. En cualquier caso, dudo que las personas irrespetuosas que encontré en el camino hacia Gocta, fuesen así por descubrir nuestros rasgos de españoles, pues no hicieron ninguna referencia a esto, únicamente perseguían el dinero y al descubrir que no teníamos fue cuando demostraron la podredumbre de su corazón.
De pronto, ya con escasas esperanzas de toparnos con seres humanos de corazón puro, nos topamos con un hombre que conducía una camioneta y atrás llevaba a una mujer joven, el camino era largo, empedrado y embarrado y el hombre nos invitó a subir a su camioneta y a llevarnos hasta el lugar más cercano que pudiese de nuestro destino.
En la camioneta íbamos sentados dando la espalda al conductor y, por tanto, observando el increíble paisaje que se iba quedando atrás. Descubrimos algo extraño, si fijas la vista en un punto de las montañas mientras la camioneta avanza por un camino arbolado, se conforma una especie de túnel en la visión que ofrece una sensación de tridimensionalidad un tanto insólita, supongo que eso es algo que tiene una explicación científica, pero a nosotros nos sorprendió muchísimo.
El hombre nos dejó casi en la entrada del pequeño poblado de “Cocachimba” desde el cual se toma el camino hacia la gran catarata de Gocta, la tercera más grande del mundo. Cocachimba es una pequeña aldea con muy pocos edificios que se encuentra atrapada en medio de las montañas, totalmente rodeada por naturaleza. Es de esos lugares en los que parece no pasar el tiempo, en los que da la sensación de que uno se encuentra resguardado de todas las contaminaciones del mundo, no solo medioambientales, sino de toda índole, especialmente de las perjudiciales para la vida y la felicidad. Pero nada de esto es realmente cierto, según entramos al poblado pudimos escuchar desde una casita esa estridente y repugnante algarabía electrónica que dice “Jhonny la gente está muy loca”, lo cual demostró los verdaderos aportes de la globalización. Si hasta este lugar llegaba la basura de la civilización ¿hasta dónde no iba a ser capaz de llegar? Para variar, antes de tomar el camino hacia la cascada de Gocta, nos quisieron cobrar entrada y tuvimos que pagarla, es decir, de nuevo la naturaleza no se puede comprar, pero si se puede vender, de nuevo intento no comprar la naturaleza, pero me obligan a hacerlo si quiero disfrutar de ella.
El camino es increíble, embarrado, empedrado y empinado, pero envuelto en montañas, en insectos, en árboles, aves y libertad. No faltaban los excrementos de los caballos que los seres humanos utilizan para no cansar sus piernas, si, al igual que en Marcahuasi, aquí también había inconscientes usando caballos o exigiéndolos para no tener que caminar. Observé durante un rato a algunos de estos individuos y me llamó la atención como en ningún momento miraban los ojos del caballo antes de subir en él, aunque lo hubiesen hecho no se habrían detenido en su afán, pero creo que les hubiera dado que pensar, pues los ojos de los caballos que iban a ser montados denotaban una tremenda tristeza, dejaban ver un peso enorme dentro de sus almas, un inmenso dolor y un gran hastío. No me voy a detener, como he hecho en otros textos, a criticar de nuevo la explotación del hombre sobre los animales. Mi postura es clara, para mí no existen grandes diferencias entre el exterminio sufrido por la humanidad en los campos de concentración nazi y lo que actualmente se hace con los animales.
A las dos horas y media aproximadamente, llegamos a la gran cascada y yo, instintivamente, comencé a aplaudir, no sé por qué aplaudía, creo que me quedé impresionado y observé aquel gigante de la madre naturaleza como si fuese un monumento elaborado por artistas, por eso aplaudí, por eso agradecí a mi mente la consciencia de la existencia de algo tan sumamente bello. Entonces me arremetieron profundas preguntas ¿Por qué está esto aquí? ¿Hay alguna explicación más allá de lo puramente físico? ¿Acaso solo los seres humanos somos conscientes de este acontecimiento? Fue increíble. Poco rato después, decidimos acercarnos hasta donde se estrellaba el agua, pero fue imposible, pues la fuerza del agua y del viento hacia nosotros, no nos permitía estar a menos de cuatro o cinco metros de la muerte del gran acontecimiento natural. No pasó más de una hora cuando comenzaron a llegar muchas personas al lugar y, quebrada nuestra tranquilidad, regresamos a Cocachimba para dirigirnos finalmente a la ciudad de Chachapoyas, donde descansaríamos una noche.
Una tormenta que venía amenazando desde que habíamos regresado a Cocachimba, dejó sin luz el lugar donde estábamos cenando en la ciudad de Chachapoyas, pero una vela arregló el momento y, sin lugar a dudas, mejoró la situación. La televisión que perturbaba la conversación se apagó, la lluvia comenzó a escucharse más fuerte, las sombras que provocaban la luz de las velas, añadieron magia al momento y entonces pude ser consciente de lo feliz que era, de lo que me alegraba estar vivo, de haber vivido, en este escueto viaje, cada minuto con gran ímpetu y de estar con la persona que más deseaba estar.
Al día siguiente con mucho sueño nos pusimos en marcha en dirección a la fortaleza de Kuélap. Kuélap es un lugar increíble, unas ruinas en lo alto de una montaña rodeada de muchas más bellas y verdes montañas, muy parecido al tan famoso Macchu Pichu, pero, por desgracia, ensombrecido por éste mismo. Lo cual tampoco es algo malo, pues libra al lugar de tanta parafernalia turística y no hay que pagar precios desorbitados como en Macchu Pichu por conocerlo. Este lugar es más antiguo que el Macchu Pichu, pertenece a una cultura diferente a la de los Incas, la cultura Chachapoyas, de la que se conoce muy poco porque, a pesar de lo que la gente piensa, los Incas también fueron un imperio dominador que explotó y utilizó a los seres humanos y sometieron a los Chachapoyas, además de a otras muchas culturas, provocando la desaparición de muchas de sus tradiciones y características. A la llegada de los españoles, muchos pueblos que habían sido sometidos por los Incas, se unieron al pequeño ejército español para combatir a los Incas, ya que la ira hacia éstos era ferviente, lo cual no fue del todo acertado, pues ya sabemos todos que cuando los Incas fueron totalmente derrotados, todas los demás pueblos fueron dominados por el imperio español, pero teniendo este conocimiento de los hechos, podemos ver que el imperio Inca no fue muy diferente, en cuanto a los procedimientos de dominación, a cualquier otro imperio conformado por los seres humanos a lo largo de la historia en el planeta tierra.
Cansados, nos largamos a la ciudad de Chiclayo. Toda una mañana junto al mar y una tarde de paseo. Finalmente, regresamos a Lima, la ciudad gris.

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