martes, 13 de noviembre de 2012

Los días en Perú (texto 9)

Escritos del Martes 13 de Noviembre de 2012
Huaraz, Chavín, Llanganuco y Pastoruri


Soñar lo que se quiere soñar es bastante complicado, se requiere mucha imaginación y mucha concentración, pero a veces hay realidades en la vida que superan a cualquier delirio de la mente. Hay un lugar entre montañas, donde ciertas cosas del resto del mundo no consiguen llegar, un espacio aplastado por la inmensidad y la grandiosidad de la naturaleza. Ese lugar debió ser un día el hogar de cientos de dinosaurios, pues solo a tales gigantes se les habría hecho posible admirar los alrededores sin sentirse insignificantes.

He vivido el camino y el aire, los colores y el frío, pude ver el rincón donde duerme la inexistencia y saborear el hielo que congela los sueños. Todo recuerdo anterior al momento en que mis ojos descubrieron ese valle olvidado se ha quedado mudo y tieso ante mi alma. Mi piel ha mudado y con ella mi ser y mis días. Pastoruri… como un suspiro.

En Chavín miraron al firmamento y lo llenaron de preguntas, le dieron la vuelta y de él hicieron siete grandes cuencos grises en los que verter todas las dudas humanas, así pues, el cosmos solo escupió algunas verdades, pero guardó sus mayores misterios. Quedan muy pocas rocas de lo que fue aquello, una ciudad antigua ubicada en la magia, unos místicos que trataban de juntar sus energías a través del sonido, la concentración y las sustancias alucinógenas.


Siento pena y rabia por la pérdida de nuestra esencia salvaje y espiritual, ya aniquilamos cualquier duda o eso es lo que queremos creer, ya no podemos caminar hacia la nada pensando en construir un libro abierto en grandes monumentos, ahora solo se nos permite encerrarnos en angostos departamentos donde pasa efímera nuestra vida, ahora la magia es únicamente para los niños y pronto ya no será para nadie.

Agua fosforescente, agua verde vivo y azul celeste de la que beben rojos árboles torcidos, inmensas rocas protegen la soledad de Llanganuco, el gran Huascar y la inmensa Huandoy llorando sin cesar, derramando eternamente ese amor imposible  y conformando así la gran morada del agua pura, espejo de los miedos ancestrales. Ahora en el corazón tengo esa intensa imagen de la vida, ahora he ensanchado mi pecho para darle espacio a lo imposible.

Y por fin llego al lugar del que hablaba en los comienzos de este texto tan difícil. Pastoruri, un lugar que realmente no existe, porque solo puede apreciarse como un sueño. Su altitud de más de 5200 metros obnubila la comprensión de la realidad, el mal de altura se apodera del cuerpo y nada de lo que se aprecia parece real. Pero quizás las fotos nos demuestren que lo que vimos lo vimos de verdad, a no ser que las cámaras sean también capaces de fotografiar nuestros sueños. Ahí arriba hay un mundo aparte, el hogar de los dinosaurios, el rincón de la fantasía pura. Cuando se llega a tal lugar el corazón se abre, la mente se abre, se respira la verdad aunque no podamos entenderla, se descubre la nada y el todo, y a partir de ese momento ya nada importa y rompemos con lo que fue para caminar hacia el ser. La luz es de otro color, el blanco es más blanco, la roca llora, el hielo quema nuestra ingenuidad y hiela nuestras lágrimas. Dentro de muy pocos años, este rincón de las ilusiones habrá desparecido como desaparece la vida y todo debido al calentamiento global. Nadie llegará a este lugar apreciando lo mismo que hoy día se aprecia, sólo roca muerta sin esa simbiosis entre la nieve blanca, el agua y las rocas, esa simbiosis que es la que hace palpitar no solo el corazón sino también cada una de las venas de nuestro cuerpo.
Después de la intensidad de todos los lugares visitados, regresamos a la ciudad de Huaraz, sumergida en nevados, sin más, otra plaga de seres humanos como lo es cualquier ciudad, en medio de la majestuosidad de Gaia, perturbándola, matándola, contaminándola, destruyéndola.

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