lunes, 29 de octubre de 2012

Los días en Perú (texto 2)


Escritos del Lunes 24 de Septiembre de 2012 (Aunque el blog indique otra fecha)
Marcahuasi

Rumbo a la maravilla, entre gigantes de roca viva y un abismo desproporcionado bajo los pies. Inmensas crestas montañosas fruto de la violencia terrible que el planeta puede ejercer sobre todo lo existente. El autobús pelea contra la roca como un gusano que se esfuerza por llegar hasta algún punto necesario y todos los que hemos puesto nuestra confianza en el conductor, sufrimos pequeñas punzadas en el pecho cada vez que las ruedas del automóvil se acercan indecisas hacia el abismo, y todo esto, mientras observamos con un nudo en la garganta pequeñas cruces en el camino que indican que ya otros perecieron por ahí, que el abismo ya se ha alimentado antes de otras vidas humanas.
Atrás queda ya la población de Chosica, lugar contaminado por la cercanía de la gran ciudad de Lima. Ahora vagamos por la kilométrica serpiente de las montañas para llegar a la pequeña aldea de San Pedro de Casta, población de comerciantes, agricultores y ganaderos.
En el largo camino, que va acercándose cada vez más a las nubes, el autobús se encuentra con dos paisanos antiguos que habían comenzado a realizar una hoguera para soportar el frío de la noche que ya estaba empezando a amenazar con su enorme manto. Estos dos lugareños, un hombre y una mujer, posiblemente pareja,  son extremadamente ancianos y tienen un pequeño perro, un cachorro. El ayudante del conductor no quiere dejar subir al cachorro, pero la mujer no tiene intención de soltarlo y mantiene una breve discusión que permite finalmente el ingreso del animal en el autobús.
Cuando al fin subieron los lugareños y su perro, me quedé impresionado al observar sus rostros y su indumentaria, plenamente tradicional y antigua. A pesar de los cambios incesantes de la cultura global, estos individuos habían conseguido conservar sus ropajes antiguos, su identidad. Pronto descubriría que en toda la aldea de San Pedro de Casta sucedía exactamente lo mismo: mujeres y hombres con su indumentaria tradicional, con su identidad intacta.
Pero me impresionaron aún más sus rostros, pues parecían esculpidos por el viento, el frío, el calor, la lluvia, es decir, por toda la fuerza de la naturaleza que podía encontrarse en aquel lugar. Parecían haber sido creados por la misma tierra que se veía y que se sentía, era como si estuvieran unidos muy estrechamente a aquellas enormes montañas y a ese olor a leña ardiendo y a ese sonido de grillos, ladridos de perros y rebuznos de burros.

Mientras cenábamos en un humilde establecimiento de la aldea, el encargado conversaba con un cliente emocionado por la idea de subir a la meseta de Marcahuasi, recibir las supuestas energías del lugar y quizás toparse con extraterrestres u ovnis. El encargado estaba absolutamente convencido de que el lugar era visitado por fuerzas extraterrestres, decía que actualmente la meseta transmitía una gran energía rejuvenecedora, que los visitantes del espacio ya hacía siglos que habían aterrizado en aquel lugar y que ahora estaban entre nosotros, que la energía había sido negativa hace algunos años debido a los rituales de hechicería que algunos individuos habían llevado a cabo y, lo más surrealista y a la vez cómico que he escuchado este año, decía que los personajes de la serie animada Dragon Ball y de las películas de Star Wars existían realmente, que las bolas de energía que creaban existían en el mundo real y que todo esto aparecía en televisión porque es una táctica de los extraterrestres para que el público se vaya acostumbrando a la invasión de los mismos y así que nadie se asuste cuando les veamos por primera vez en el planeta.
Todos estos comentarios solo me dejaron pensar dos cosas: la primera es que sería muy bonito y sobre todo muy divertido que todo eso fuese cierto y la segunda es que me pareció que aquel hombre sabía muy bien como atraer turismo a su aldea y como conseguir clientes en su establecimiento.
El cliente que conversaba con el encargado corroboraba absolutamente todo lo que este decía y añadía además algunas ideas nuevas a sus teorías, es decir, que pasamos un rato muy entretenido mientras cenábamos e incrementaron nuestras ganas de subir a Marcahuasi. Quien sabe, quizás nos encontrásemos con Son Goku o con Yoda.

Antes de pasar la noche en San Pedro de Casta, a las puertas del Hostal donde dormiríamos previamente a la gran caminata que iba a suponer llegar a Marcahuasi, un perro de pelaje marrón claro, que le encantaba hacer estiramientos, se acercó a mí e intento robarme el cacho de pan que llevaba en el bolsillo de mi pantalón, pero no le dejé, pues ese pan era para hacernos unos bocadillos de un delicioso revuelto de verduras enharinadas que, a decir verdad, no estaba tan delicioso, pues se me había olvidado añadirle sal. El caso es que, el perro del que hablo, por alguna extraña razón que aún desconozco, se unió a nosotros hasta el final del viaje en vez de elegir a cualquiera de los demás caminantes entre la multitud que de estos había y, así, al día siguiente, partimos hacia la gran meseta de Marcahuasi junto con nuestro nuevo amigo al que le pusimos el nombre de "perro" por la simple razón de que sólo nos hacía caso cuando le decíamos ¡perro!

Cada tres pasos el ahogo era insufrible, a una altura de casi 4000 metros sobre el nivel del mar y en todo momento cuesta arriba, parecía que nunca avanzábamos, bueno, salvo el perro, que no se cansaba jamás y se hartaba de esperarnos tumbado en cada sombra que encontraba y al igual ocurría con los lugareños, la costumbre y su genética adaptada a ese medio, hacían que para ellos subir hasta Marcahuasi fuese pan comido. Pero teníamos el remedio andino perfecto, la hoja de coca, que no hacía un efecto muy fuerte, pero al rato si que se iba notando. Así que cada vez que nos sentíamos derrotados descansábamos y mascábamos un poco de hoja de coca, lo cual creo que fue la causa de que consiguiésemos llegar en tres horas hasta Marcahuasi en vez de en cuatro horas.

El paisaje es increíble. El gran abismo comienza a tragarse la aldea de San Pedro de Casta y todo lo que le rodea, las montañas se hacen enormes a cada paso y se tiene la sensación de estar ascendiendo hacia el mismo cielo, allá donde las nubes son creadas y lanzadas al cosmos. Se comienza a notar como uno se acerca a un paraje arcaico, donde vivieron seres humanos que parecen formar parte ahora del espíritu que se respira a lo largo del camino.

El cielo de la mañana
teme la daga amenazante
de la roca afilada en la cúspide del monte,

No quiere derramar su negra sangre,
aún está durmiendo la luna
y las montañas deben respetar la luz,

Pero en Marcahuasi el duelo
entre las sombra y el sol
está reñido hasta el fondo del alma,

Los ojos de las rocas
observan temerarias el poder del universo,
y mis ojos, nuestros ojos,
observan una guerra
en la que no queda poeta
que pueda escribir un solo verso.

No se tarda demasiado en divisar las rocas de Marcahuasi mientras se camina por el largo y empinado sendero. Llegando por la entrada del portachuelo, puede observarse una mezcla extraña de verde y rosado entre unas rocas a un lado del camino y otras rocas al lado opuesto y si el cansancio nos invita a descansar y mascar alguna otra hoja de coca, podemos aprovechar para gritarle a las montañas y que ellas distribuyan el sonido de nuestra voz a su gusto. El eco mágico que se produce en este lugar, pretende sin duda aplastar la explicación científica de que dicho eco es el rebote del sonido frente a las rocas y ofrece más lógica a las mitologías antiguas que indican que el eco es una ninfa condenada a repetir lo que se grita, pues da la sensación de que sólo la garganta de un ser sobrenatural, mitológico o divino podría reproducir así el sonido a lo largo de una cadena interminable de montañas o entre un círculo conformado por altas rocas como es el "anfiteatro" de Marcahuasi, la gran plaza de acogida de la extensa meseta.
No voy a describir Marcahuasi, pues toda descripción es vana y sólo la vivencia personal del lugar, la observación y el sentir individual, pueden darle un amplio significado, un significado subjetivo que se queda grabado en el espíritu y que tarde o temprano obliga a cualquiera a canalizarlo a través de la consciencia.

Aprovecho esta publicación para hacer una crítica personal hacia todas aquellas personas que suben hasta Marcahuasi a caballo y que hacen soportar el peso de sus macutos a burros u otros animales, también a las que suben andando y dejan también sus macutos a los burros. Me parece vergonzoso y terriblemente incoherente acudir a un lugar a recibir supuestas energías naturales y espirituales tratando de obtener pureza espiritual a través de la meditación u otros rituales cuando anteriormente se ha hecho sufrir terriblemente a un animal para llegar hasta ese lugar sin ningún síntoma de cansancio, dando más importancia a la satisfacción personal que al sufrimiento de los seres vivos. Seres tan egoístas nunca encontrarán paz interior que valga ni recibirán ningún tipo de supuesta energía positiva, pues solo en ellos mismos residen las peores de las energías negativas que puede haber en el mundo: el egoísmo, el egocentrismo y la antipatía hacia nuestros iguales.
Fuerza para todas aquellas personas que suben hasta Marcahuasi soportando el dolor de sus piernas y de su espalda con sus macutos a cuestas, pues está en ellas la ambición de llegar, es su cometido personal y reconocen que no han de implicar a ningún animal en su "capricho". Creo que estas personas encontrán la paz que están buscando.

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